Cuesta aguantar tanta crueldad: ‘La sierva’, cuando el sexo es puro poder
Mucho “montame”, mucho “verga”, mucho maltrato descarado, mucha humillación.
El sexo como poder , el poder sin límites sobre la vida y sobre el cuerpo de alguien.
Y cómo, sin embargo, en esa posición, va tirando una ramita la semilla de la rebeldía.
Otra, la de la venganza.
Aunque ese árbol se puede volver venenoso.
Eso muestra la novela La sierva , de Andrés Rivera .
Y así se lo ve en la puesta teatral que se está dando ahora en el Patio de los Actores.
La puesta de Daniel Moreno —que antes dirigió Cuarteles de invierno , inspirada en la novela de Osvaldo Soriano— sigue el texto de Rivera con fidelidad.
Es buena idea: no se puede ser más brutal, más cruel y, a la vez, más bello que Rivera.
La trama transcurre algo después de la caída de Juan Manuel de Rosas, a quien uno de los personajes todavía añora.
La sierva del título —interpretada por una Rosario Suban cuya actuación crece con los minutos— se llama Lucrecia y vive con su patrón, Saúl Bedoya , que es un juez culto, fino, parte de una burguesía en ascenso que combina cargos públicos, dinero, tierras e influencia social.
Ella podría irse y no se va, se dice algunas veces.
Pero esto es relativo: Bedoya —acá interpretado por Darío Serantes — tiene la causa de un asesinato en el que Lucrecia tiene algo que ver. ¿Cuánto se le puede retobar, por desagradables que sean los requerimientos sexuales del caballero? El asesinato es el de otro propietario, Negretti, un artista italiano nostálgico del orden rosista, que en la obra hace Daniel Toppino .
Negretti se ufana de haber comprado a la madre de Lucrecia.
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