La demografía también disputa la soberanía
La crisis que acaba de sacudir a Ceuta debería ser leída como algo bastante más profundo que una emergencia migratoria.
Decenas de miles de personas atravesando en pocas horas una frontera internacional muestran hasta qué punto la demografía puede transformarse en un factor estratégico.
Allí donde confluyen diferencias enormes de ingreso, presión poblacional, conflictos políticos, identidades religiosas y fronteras discutidas, los movimientos humanos dejan de ser solamente un drama social: pueden convertirse en un instrumento capaz de alterar equilibrios territoriales y poner a prueba la soberanía de los Estados.
Ceuta es una pequeña porción de Europa en territorio africano.
España sostiene su soberanía sobre ella y sobre Melilla; Marruecos la cuestiona.
La paradoja es inevitable: Madrid reclama, con argumentos históricos y territoriales atendibles, la restitución de Gibraltar, ocupado por Gran Bretaña desde comienzos del siglo XVIII, mientras conserva dos enclaves cuya condición es objetada desde la costa africana.
Las situaciones jurídicas no son idénticas y sería un error equipararlas mecánicamente.
Pero la geografía tiene una persistencia que muchas veces termina imponiéndose sobre las construcciones diplomáticas.
Lo ocurrido vuelve a recordar una dimensión frecuentemente ignorada del poder : la demografía también puede ser un arma.
No necesariamente porque cada migrante forme parte de una operación deliberada, sino porque los Estados pueden permitir, estimular o contener desplazamientos humanos según sus intereses.
Turquía ha utilizado reiteradamente la presión migratoria como elemento de negociación con Grecia y con la Unión Europea.
Argelia posee sobre Francia una influencia demográfica, cultural y política imposible de separar de su historia colonial.
La diáspora venezolana modificó realidades sociales y económicas de Colombia y de buena parte de América del Sur.
En todos esos casos, la población se convierte en una variable geopolítica.
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