¿Chau al aula tradicional?
Durante décadas, las reformas educativas han priorizado la actualización de contenidos pedagógicos y la incorporación de tecnología, omitiendo la transformación de los espacios físicos en los que se enseña.
Muchas escuelas continúan funcionando en estructuras ya obsoletas, organizadas en una sucesión de aulas conformadas con hileras de bancos que no han cambiado sustancialmente desde muchas décadas atrás.
Esta arquitectura convencional fue concebida para controlar e inmovilizar los cuerpos de los alumnos con el fin de disciplinarlos y volverlos obedientes, sofocando su entusiasmo natural y restringiendo su capacidad de acción, entendiendo que la quietud era sinónimo de orden.
Ahora bien, en un contexto marcado por transformaciones vertiginosas y disruptivas, educar a los niños y niñas mediante la pasividad física e intelectual resulta insostenible.
La formación contemporánea exige potenciar las capacidades intelectuales, pero también las humanas, como la empatía, el pensamiento crítico y la creatividad para resolver problemas inéditos y nuevos para estos tiempos.
La artista y diseñadora Rosan Bosch – fundadora de un centro que lleva su nombre con sede en Copenhague, Dinamarca- sostiene que los seres humanos ingresan al sistema educativo con mentes creativas y como aprendices natos.
Desde la infancia, el juego y el aprendizaje constituyen procesos profundamente entrelazados por lo que el conocimiento se apropia con mayor rapidez cuando los chicos se mueven, participan en experiencias significativas y construyen un lazo emocional con aquello que descubren; ideas que los docentes ya venimos estudiando desde hace algunos años.
Desde esta perspectiva, para la especialista, el diseño del entorno físico se convierte en una herramienta estratégica capaz de moldear el bienestar, la motivación y la autoconciencia de los estudiantes.
Dado que cada uno posee un desarrollo motor, un contexto social y un ritmo de aprendizaje únicos, resulta indispensable superar los esquemas uniformes y ofrecer paisajes espaciales tan diversos como las mentes que los habitan.
Para erradicar el aula tradicional y transformar las escuelas en ecosistemas vivos, Bosch propone derribar las paredes divisorias y configurar el espacio mediante escenarios de aprendizaje adaptables a las distintas dinámicas humanas.
Uno de estos escenarios es la cima de la montaña, un diseño en forma de gradas o escenario abierto destinado a la comunicación de uno a muchos, donde los alumnos ejercitan la oratoria, dominan la retórica y ganan confianza al dirigirse a un público.
Para la reflexión individual existe la cueva, un espacio reducido y sereno diseñado para la concentración profunda y la asimilación del conocimiento sin distracciones.
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