El día que Buenos Aires se volvió sepia
¿Qué estabas haciendo cuando se retiró Lionel Messi de la Selección? El asfalto de Avenida Corrientes sangra. El Obelisco está más tonto que de costumbre. El Microcentro habla y siente. La ciudad entera transita con la jeta dura, pasmada, como si a este mediodía le hubieran asestado una trompada: algo pasa cuando todo esto pasa. Lionel Messi anuncia que se va y lo hace con una carta hecha a puño y letra, una demostración de amor y sentimiento genuino. En un pasaje, Leo tachó la palabra “pienso” y puso la palabra “entiendo”.
En ese instante, mientras transitan sus segundas decepciones (la primera fue la de la final versus España hace poco más de un mes), los hermanos Federico y Julieta, en la zona sur del conurbano bonaerense, tienen una certeza: hoy irán al colegio con la remera de la Selección y con la 10 en la espalda. El posteo en Instagram de Leo cayó como un yunque de mil kilos arrojado desde la cúpula del Palacio Barolo.
Sobre la calle Paraguay, el joven Maxi, pibe barista, futbolero, buen chico, salmodia un lamento breve, digno de su ascendencia japonesa: “Qué bajón. ¿Qué va a pasar ahora?” ¿¡Qué va a pasar ahora!? Por acá, todos nos creíamos dueños de esa zurda mágica y quedábamos amparados a la ilusión de que Messi exista. Y que sea argentino. A estas horas de la tarde, parece, no habrá juntada en Congreso, ni en Plaza de Mayo, ni sobre el costado del Obelisco, ese que lo supo campeón del mundo en 2022 y que celebró sus goles en 2006, 2010, 2014, 2018 y 2026. El que todavía comprime el griterío, aquella fábula casi de ciencia ficción, que tuvo a toda la ciudad loca de contenta después de la victoria frente a Inglaterra, en semifinales y con dos asistencias venenosas, su último gran regalo al pueblo argentino.
Desde la red social X, el empresario de la carne Alberto Samid tuitea algo que, hoy, ahora, en este preciso instante de la historia, se huele como la más lejana de las fantasías: “El clamor popular tiene que ser inmenso. Todos debemos pedir ante su retiro que siga jugando en la selección 10 años más. Quedate Messi, te necesitamos. Jugá en pantuflas si te sentís cómodo. Pero jugá”. Ayer, hace unas horitas nomás, Leo Messi anotó cuatro goles y dio una asistencia para la victoria del Inter Miami por 7 a 1 frente al FC Montreal. “Messi” y “jugar”, el mismo correlato, sinónimos que tomamos de hecho y que no tienen otras acepciones.
Ahora el ídolo tiró la toalla y nos deja desnudos en mitad de la calle, expuestos a la pura mediocridad del destino o a lo que nos toque suerte. En el barrio de Retiro, Julieta llora mientras empaca unos discos que más tarde enviará por correo. Ella, como todos, vio a Messi. A todos los Messis posibles y llora por las alegrías, pero también por las tristezas. Abre la ventana que da al pulmón de su edificio, saca afuera el olor a bife ancho, mira la pantalla de su celular y repite como un loro las palabras trágicas: “No puede ser, no puede ser”.
Los porteros de edificio, los arrugados como higo seco y los recién llegados, cargan con un peso específico: tendrán un tema menos de conversación. Mismo destino recibirán los mozos, los gallegos panzones y los cafeteros cancheritos.
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