Le gustaba la música, descubrió un instrumento por casualidad y hoy lleva más de 350 fabricados
Oscar Fischer llevaba una guitarra Gibson Les Paul en su estuche cuando se detuvo a escuchar a un bandoneonista en la calle.
Tenía unos 23 o 24 años y tocaba rock.
Lo que vio y escuchó le produjo tal fascinación que empezó a ahorrar para comprarse un bandoneón: lo consiguió en un remate.
Mientras aprendía a tocar se dio cuenta de que necesitaba entender cómo funcionaba ese instrumento que parecía esconder un mundo.
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Tenía formación técnica y había pasado por distintas carreras: Psicología, Arquitectura y Diseño Gráfico, entre otras.
Con el bandoneón encontró un desafío que reunía varias de sus inquietudes: la música, el diseño, la investigación y la posibilidad de trabajar con las manos.
Empezó a reparar instrumentos, primero, los de los compañeros de la orquesta típica.
Después llegaron otros trabajos, era una época en la que muchos músicos jóvenes salían a tocar tango en la calle.
Los pedidos crecieron hasta que Fischer empezó a dejar los ensayos para ocuparse solo de las reparaciones.
“Así el luthier empezó a ganarle al músico”, resume.
Esa tarea fue tomando cada vez más lugar en su vida, hasta que decidió darle un nombre a su espacio: La Casa del Bandoneón .
La Casa del Bandoneón, el nuevo espacio de trabajo de Oscar. (Foto: gentileza Oscar Fischer) Aprender a mirar adentro Un luthier construye, repara y pone a punto instrumentos musicales.
En el caso de Fischer, eso puede significar afinar un bandoneón, reemplazar su fuelle o reconstruir buena parte de un ejemplar antiguo.
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