El atardecer ya se cobra como complemento en algunos restaurantes: una oferta de ocio diseñada para aprovechar ese momento concreto
Una cerveza, una copa o una comida pueden elevar su precio de forma notable cuando se sirven frente al mar, en una azotea o bajo una puesta de sol.
El atardecer se ha convertido en un componente de la oferta de ocio que algunos restaurantes incorporan al precio final, junto con las vistas, la música y el ambiente.
Durante los meses de buen tiempo, terrazas, chiringuitos , beach clubs y locales situados en puntos demandados adquieren otra dimensión.
Una mesa ante el horizonte o un espacio donde la música acompaña la caída del sol puede transformar una consumición habitual en un plan distinto.
La cuenta también cambia, incluso cuando el producto es parecido al que se ofrece a pocos metros.
No hay una línea específica que indique “puesta de sol”, “primera línea de mar” o “ambiente exclusivo”.
Aun así, esos elementos forman parte del importe.
El cliente paga por comer o beber, pero también por ocupar un lugar concreto durante unas horas, por acceder a una escena social y, en algunos casos, por la imagen que podrá compartir después en redes sociales.
El atardecer se convierte en parte del producto La economía de la experiencia concentra el valor en algo más amplio que la comida o la bebida.
El establecimiento reúne paisaje, comodidad, servicio, música y una atmósfera determinada.
Nadie compra el mar ni el sol, que permanecen al alcance de cualquiera, aunque sí puede pagar por contemplarlos desde una mesa preparada para ese propósito.
La ubicación también supone gastos para el negocio.
Alquileres o concesiones, instalaciones expuestas al viento, al sol y al salitre, mobiliario, equipos de sonido, limpieza, seguridad y actuaciones musicales integran una estructura que muchas veces no se aprecia desde la mesa.
Un establecimiento en primera línea de playa o una terraza con alta demanda puede implicar costes superiores para quien explota el local.
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