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Estaban frente a frente, a veintiocho pasos de distancia, cada uno con una pistola en la mano.
Y las armas sólo tenían dos balas en la recámara.
Eran las cinco de la tarde del 29 de febrero de 1904 y en una finca de Madrid, cercana al Paseo de las Delicias, las primeras sombras del anochecer le agregaban dramatismo a la escena.
El duelo era a muerte, de acuerdo a lo que habían convenido los respectivos padrinos.
A la izquierda, un hombre robusto, de barba y bigote.
A la derecha, afeitado y de pelo corto, el teniente Juan Alastuey, experto tirador.
En medio del silencio, se oyó el grito del juez del duelo: -¡¡¡Fuego!!!… Retumbaron los disparos.
El del teniente pasó cerca de su oponente y se incrustó en el piso.
El hombre de la izquierda -duelista habitual, pero siempre con espada- había apuntado al aire.
Queda una bala.
Nuevamente gritó el árbitro: -¡¡¡Fuego!!! El hombre de barba y bigote volvió a disparar al aire.
En cambio, Alastuey extendió su brazo, apuntó contra el cuerpo de su adversario porque esta vez no quería errar y apretó el gatillo.
Sonó una detonación y el otro duelista cayó, mientras se llevaba la mano izquierda al costado derecho de su abdomen.
Sus padrinos salieron corriendo hacia él, aterrorizados: -¡¡¡Don Vicente, Don Vicente, por el amor de Dios!!! Pero cuando llegaron a su lado se sorprendieron porque Don Vicente no estaba muerto, ni siquiera herido.
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