Tenaces sobrevivientes, edificios en ruinas y osos de peluche entre los escombros, testigos del terremoto que estremeció a Colombia
BOGOTÁ.– “Mamá eres todo para mí”, escribió un muchacho de veintitantos años en una pared antes de que su cadáver fuese encontrado.
Tenía contextura más bien pequeña y pude verlo porque lo pusieron en una bolsa blanca atada en los extremos.
Estaba en posición fetal y tanto los rescatistas como la multitud –que se reunió porque tenía esperanzas de que fuera rescatado con vida– aplaudieron y la emoción nos abrazó más fuerte que la polvareda que inundaba el ambiente.
Fue un cortejo entre rocas y vigas retorcidas de una residencia o pequeño hotel en donde este joven pasó sus últimas horas y le dejó un mensaje a su madre.
El epicentro del terremoto del 10 de agosto a las 7:34 de la mañana fue en las cercanías de San José del Palmar, departamento del Chocó, en el occidente del país.
La catástrofe impactó en Cali, Pereira, Manizales, Medellín, Quibdó, Armenia, Popayán y Bogotá.
Los datos de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres de Colombia, UNGRD, elevó la cifra de fallecidos a 329 y a 234 los desaparecidos.
Hay más de 115 mil derrumbes y daños en viviendas y alrededor de 55 mil familias afectadas.
La tragedia contempla pérdidas preliminares de 10 mil millones de dólares.
Colombia tiembla por los sismos entre pulsiones de vida y muerte.
Pasaron dos semanas y aún se buscan desaparecidos.
Los edificios se desplomaron como castillos de naipes en Cali, la tercera ciudad en importancia detrás de Medellín y Bogotá, con más de 130 muertos.
En Cali nace el Valle del Cauca que se extiende zigzagueante hacia el norte: el recorrido es ondulado entre cerros y el verde de la zona andina del eje cafetero cuya capital es Pereira, la segunda ciudad más afectada con unas 100 víctimas fatales.
Es una ruta bañada de plantas de café y otros cultivos como el plátano y el banano, el aguacate y cítricos: naranja, mandarina y limón.
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