“Tardé años en aceptar lo que sentía”
Levanté el arco del violín y bajé el instrumento.
Era el turno del solo de viola, el de aquella intérprete magistral con la que compartía el sexteto.
En cuanto sonó la primera nota, sentí algo difícil de explicar, como si ese sonido hubiera encontrado dentro de mí un lugar que hasta entonces yo desconocía.
No era simplemente admiración por la manera en que tocaba, ni siquiera fascinación por el instrumento.
Había algo más profundo y, justamente por eso, inquietante.
El sonido de la viola me atravesó de una manera física.
Sentí vibrar el cuerpo y, al mismo tiempo, apareció un miedo que no tenía ninguna explicación razonable.
Con los años entendí que algunas cosas nos asustan no porque sean amenazantes, sino porque intuimos que pueden alterar el orden sobre el que construimos nuestra vida .
Yo llevaba muchos años sabiendo quién era, qué quería y hacia dónde iba.
Aquella nota, sin decirme nada, había introducido una pregunta en un lugar donde hasta entonces solo había certezas.
Me costó retomar mi parte cuando volvió mi turno dentro del sexteto.
La obra continuaba, mis compañeros seguían tocando y seguramente nadie había advertido lo que acababa de sucederme.
Desde afuera, todo permanecía exactamente igual; el único cambio se había producido dentro de mí.
Seguí tocando el violín como lo había hecho tantas veces, aunque con la extraña sensación de que algo se había desplazado apenas de su lugar y de que, por más pequeño que fuera ese movimiento, ya no sería tan sencillo devolverlo a su posición anterior.
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