El verdadero desafío europeo no es la inmigración que se ve, sino la emigración que nadie registra
Casi todos los diarios del mundo registran a diario el drama de los migrantes que arriesgan sus vidas para escapar de la pobreza, la violencia, el autoritarismo y las difíciles condiciones de vida en África y otras regiones, buscando refugio y oportunidades en Europa .
Pero existe otra migración, mucho menos visible, que rara vez ocupa los titulares y que amenaza con vaciar lentamente a Europa de su futuro: la emigración de sus jóvenes.
Confrontados con economías de bajo crecimiento, mercados laborales poco dinámicos, salarios estancados y un costo de la vivienda cada vez más elevado, numerosos jóvenes europeos buscan mejores oportunidades fuera de sus países de origen.
Algunos se trasladan hacia las economías más dinámicas del propio continente, como Suiza, Holanda o Austria.
Otros miran hacia Estados Unidos, Canadá, Australia o el Medio Oriente.
Se produce así una paradoja inquietante.
Europa continúa siendo destino de quienes huyen de la pobreza, la persecución y la inestabilidad, pero al mismo tiempo se convierte en punto de partida de jóvenes profesionales que no encuentran en sus propios países las oportunidades necesarias para construir un futuro.
Esta migración silenciosa constituye un verdadero desangramiento de capital humano, particularmente grave en un continente que enfrenta simultáneamente el envejecimiento de su población y una baja tasa de natalidad.
El problema obliga a plantearse una pregunta fundamental: ¿qué debe hacer Europa para volver a ser atractiva para sus propios jóvenes? La respuesta comienza por el crecimiento económico.
Y para recuperar un crecimiento vigoroso, Europa debe completar una tarea que lleva décadas postergando: la verdadera integración de su mercado interno.
La Unión Europea ha eliminado buena parte de las barreras arancelarias entre sus miembros y ha construido instituciones políticas y monetarias comunes.
Sin embargo, debajo de esa arquitectura subsisten importantes diferencias regulatorias, financieras y energéticas.
En muchos aspectos, Europa continúa funcionando como una asociación de mercados nacionales antes que como un único gran mercado continental.
Mientras persista esa fragmentación, la dinámica del capitalismo europeo difícilmente podrá desplegar todo su potencial.
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