Sobre lobisones y otros monstruos
De la galería de monstruos góticos que aterraron mi infancia el hombre lobo quizás sea el protagonista.
El miedo estaba justificado .
Durante la cosecha de trigo de 1969 pasé un mes en el campo; retengo en la memoria aquellas jornadas a bordo de la vieja Hanomag , cosiendo bolsas de arpillera repletas de cereal: once puntadas rápidas con una aguja capotera para cerrar la boca; el secreto era dejar una oreja a cada costado que permitiera maniobrar la bolsa de sesenta kilos.
La noche me encontraba feliz y agotado; un baño rápido en el molino y un guiso abundante con galleta fresca eran el justo salario.
No tardaba cinco minutos en apagar la lámpara de kerosene y dormirme.
Tres días antes de regresar a Buenos Aires una tormenta furiosa casi arrancó el techo del rancho.
No llovió , pero los truenos me despertaron.
En la cocina me encontré con Serafín, el tractorista.
Rezaba en ruso (no importa el idioma; uno sabe cuándo alguien reza) mientras rociaba la puerta con agua bendita.
La escena era dantesca: la oscuridad iluminada por rayos; el viento aullando; las ventanas que temblaban.
A mí me perturbó su miedo de hombre grande.
A la mañana siguiente lo acompañé a recorrer el campo a caballo para ver los destrozos.
Algunos eucaliptos volteados; las aspas de un molino desparramadas por el suelo simulando un esqueleto; el trigo aplastado.
El temporal había dejado huella.
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