Periplos presidenciales: entre las obsesiones personales y la “gran” estrategia
Los repetidos viajes de Javier Milei a los Estados Unidos (20 en menos de 3 años de gestión) pueden analizarse desde dos perspectivas contrapuestas, ambas polémicas.
Por un lado, estas visitas se encuadran mayoritariamente en la “batalla cultural” que el Presidente pretende librar a escala planetaria contra las ideas socialistas/woke/“colectivistas” que caracterizan, con infinidad de matices, a la enorme mayoría de expresiones del centro a la izquierda en los países democráticos.
En esos periplos, Milei suele participar de eventos partidarios, muchos organizados por la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC), la cumbre más antigua de la Unión Conservadora Estadounidense (ACU), un ala del Partido Republicano.
A menudo, como en este caso, son actos vinculados a campañas electorales, habida cuenta de los comicios de mitad de mandato que se desarrollarán el 3 de noviembre.
Hasta hace un tiempo, los líderes mundiales solían respetar el principio de “no intervención” en los asuntos internos de otros países.
Más allá de simpatías personales o afinidades ideológicas, se cuidaban de mantenerse al margen de las disputas electorales, al menos en el plano formal.
Es cierto que se identifican muchos casos de colaboración de distinto tipo (financiera, estratégica, logística) de funcionarios electos y hasta de altas autoridades ejecutivas de determinados países que buscaron influir en el desarrollo político de otros.
Pero siempre se hacía con cierto decoro, en secreto o con considerable discreción.
El convulsionado proceso político de 1945 en nuestro país, previo a las elecciones de febrero de 1946 que consagraron la fórmula Perón-Quijano, es una excepción.
Es muy recordada la participación del embajador de EE.UU. en Buenos Aires, Spruille Braden.
Con un estilo directo y confrontativo, estuvo pocos meses a cargo de dicha representación diplomática (entre mayo y septiembre de 1945), pero fue usado por el peronismo para polarizar con la amplia coalición opositora, la Unión Democrática.
La consigna “Braden o Perón” se instaló como sinónimo de nacionalismo, defensa de soberanía e independencia frente a las grandes potencias, a pesar de que el general Perón mantuvo una relación muy cordial con George Messersmith, sucesor de Braden (que asumió un importante cargo en el Departamento de Estado).
Los criterios de no intervención se relajaron de manera poco sutil en las últimas décadas y dieron lugar a situaciones a menudo escandalosas, que conviven con actos de hipocresía no menos repudiables.
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