Desde Panamá, pueblos indígenas de Mesoamérica buscan construir mayor autonomía económica
Las comunidades indígenas de Mesoamérica conservan extensos territorios, sostienen actividades productivas propias y enfrentan de primera mano los efectos del cambio climático , pero apenas una fracción del dinero internacional destinado a apoyarlas llega directamente a sus manos.
Según el Fondo Territorial Mesoamericano, solo alrededor del 1% del financiamiento climático dirigido a pueblos indígenas y comunidades locales termina efectivamente en los territorios.
La paradoja es mayor porque esas mismas comunidades administran bosques, producen alimentos, desarrollan artesanías, mantienen conocimientos ancestrales y generan economías locales desde hace generaciones.
El problema no es que carezcan de actividad económica, sino que muchas de esas iniciativas siguen siendo pequeñas, tienen dificultades para acceder a capital, mejorar su calidad y conectarse con mercados más amplios.
Ese fue uno de los ejes del Intercambio Mesoamericano de Economía Indígena y Comunitaria realizado esta semana en Panamá , donde organizaciones de la región discutieron cómo fortalecer sus sistemas productivos sin convertir el mercado en el único objetivo.
La apuesta es generar ingresos y oportunidades, pero preservando al mismo tiempo la soberanía alimentaria, la cultura, los territorios y las formas propias de organización.
Levi Sucre Romero, coordinador de la Alianza Mesoamericana de Pueblos y Bosques (AMPB), plantea que la economía indígena no debe medirse únicamente por cuánto dinero genera o por su capacidad de exportación .
“No se trata de cuántos millones tenemos en cada cuenta del banco”, explicó a Infobae.
Para estas comunidades, la economía debe permitir un medio de vida digno, garantizar el acceso a servicios básicos, recuperar conocimientos y fortalecer la soberanía alimentaria , sin renunciar a la posibilidad de conectarse con los mercados nacionales e internacionales.
Ese modelo tampoco rechaza el mercado.
En Mesoamérica existen organizaciones de mujeres que comercializan productos, comunidades que generan alimentos y emprendimientos que han logrado cumplir requisitos para vender fuera de sus territorios.
Sin embargo, Sucre reconoce que estas experiencias todavía representan una proporción pequeña frente a la escala alcanzada por la economía convencional.
El desafío consiste entonces en completar el ciclo: producir primero para garantizar bienestar y soberanía alimentaria, agregar valor y posteriormente llegar a compradores cuando existan las condiciones necesarias.
Para hacerlo se requieren recursos, capacitación y tecnología, pero también una estrategia que evite imponer modelos empresariales desconectados de las prioridades definidas por cada territorio .
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