La oposición republicana no puede seguir coreando que “el rumbo es el correcto”
En 1959 Roberto Rossellini filmó Il generale Della Rovere .
La trama transcurre en 1944, cuando los Aliados ya habían recuperado el sur de Italia pero el norte permanecía bajo la ocupación alemana.
En Génova, un estafador que tenía aptitudes teatrales es captado por los nazis y obligado a hacerse pasar por un militar antifascista (el general Della Rovere) con el objetivo de infiltrarlo y descubrir a los jefes de la Resistencia.
Poco a poco, se toma el papel demasiado en serio y se convierte él mismo en un líder de la Resistencia, negándose a traicionar a quienes debía identificar.
Uno podría imaginar una peripecia distinta, un destino alternativo para este personaje: haber seguido apegado al guion que le dictaban los fascistas y haber ayudado a consolidar la ocupación.
Extrapolando esta historia a la realidad argentina, se podría pensar en alguien con dotes actorales que es abducido por ciertas corporaciones para elevarlo a la condición de gobernante, de modo tal que esos “patrones” pudieran mejorar su posición prebendaria dentro del entramado de negocios del país.
El corporativismo, como problema central de la Argentina, está anclado atávicamente en nuestra historia: de Rosas y su relación con la familia Anchorena, pasando por Roca y las azucareras y llegando al clímax con el peronismo canónico y su construcción de una nueva oligarquía sindical y empresarial.
Sin embargo, desde los años 90 en adelante, y en especial durante las dos décadas kirchneristas, se operó un salto cualitativo en este plan: las corporaciones invadieron el Estado y tomaron el mando del tablero, como ha señalado con agudeza el historiador Luis Alberto Romero.
Bajo esta perspectiva , lo que vendría a hacer este nuevo general Della Rovere doméstico y portátil sería ser un heraldo de ciertos intereses para, desde adentro del Estado, dirimir la puja por los negocios no ya a través de la libre competencia (como recomendaría la ideología liberal) sino a fuerza de favoritismos camuflados bajo la forma de desregulaciones Otras corporaciones que se van quedando fuera de los negocios advierten que ya no hay ideologías políticas sino meros mercados regulados y, por ende, se plantean una opción: travestirse de oficialistas para participar de la “fiesta” o bien buscar otros personajes en los que puedan enmascararse, nuevos generales Della Rovere capaces de representarlos.
El país corporativo daría así un paso más en su tenaz organización: todo el sistema político no sería entonces más que la división entre distintos intereses empresarios que se esconden detrás de máscaras votables.
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