Durante un siglo, más de 500 peces ballena permanecieron flotando en frascos ubicados en las frías trastiendas de un museo: durante todo ese tiempo, nadie se dio cuenta de que esas criaturas eran el mismo animal
Durante más de un siglo, cientos de ejemplares conservados en museos de todo el mundo alimentaron un misterio que parecía imposible de resolver hasta ahora. Más de 500 peces ballena preservados en frascos resultaban ser siempre hembras , mientras que los 65 llamados peces de nariz grande eran todos machos .
A ellos se sumaban unas 120 larvas con un aspecto completamente distinto. Nadie imaginó que los tres pertenecían a la misma especie. La explicación llegó luego de mucho tiempo gracias a las técnicas modernas de análisis genético .
Investigadores japoneses demostraron primero que las larvas y los peces ballena compartían el mismo ADN . Más tarde, un nuevo estudio publicado en una revista de la Royal Society confirmó que las tres formas correspondían a la etapa juvenil, al macho adulto y a la hembra adulta de un único pez de las profundidades oceánicas.
El caso sorprendió a la comunidad científica porque el cambio entre ambos sexos es extraordinario . Todos los individuos comienzan su vida como pequeñas larvas flotantes, pero al crecer siguen caminos completamente distintos.
Los machos , en cambio, sufren una transformación radical. Dejan de alimentarse para siempre: su estómago y su intestino desaparecen gradualmente y sobreviven gracias a la energía acumulada en un hígado de gran tamaño . Al mismo tiempo desarrollan una enorme nariz cargada de receptores olfativos, utilizada exclusivamente para localizar a las hembras antes de agotar sus reservas.
La diferencia es tan extrema que los especialistas consideran que se trata del mayor dimorfismo sexual conocido entre todos los vertebrados , ya que machos y hembras apenas conservan rasgos físicos en común.
El pez ballena habita a más de 1.000 metros de profundidad, en una región del océano donde nunca llega la luz solar . Allí sus ojos apenas tienen utilidad y utiliza una línea lateral extremadamente sensible para detectar las vibraciones que producen sus presas. Los machos viven en ese mismo ambiente oscuro, guiándose casi exclusivamente por el olfato.
Lo más llamativo del descubrimiento es que no fue necesario encontrar nuevos ejemplares. La respuesta permaneció durante décadas dentro de los propios frascos de museo , esperando que existiera una tecnología capaz de leer la información genética almacenada en esos especímenes.
El caso representa el dimorfismo sexual más extremo conocido entre los vertebrados y evidencia cuánto queda por descubrir en las profundidades marinas.
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