La madre que creó un museo y la que nunca visitó a su hijo en prisión: los vínculos que marcaron a los grandes pintores de la historia
En la evolución de la humanidad las relaciones y vínculos han cambiado contundentemente, los tiempos de relación poseen nuevos acuerdos y conviven en dinámicas atípicas, menos ortodoxas y convencionales.
Estas diferencias progresivas hoy nos convocan en un vínculo especial, el original, el biológico, el afectivo, ese primer contacto de vida que nace de la relación Madre-Hijo y que tendrá tantas historias como personas existan.
Desde la psicología el desarrollo de la vida tendrá en cada etapa referencias marcadas; la primera requiere respuestas inmediatas ante la relación de dependencia y necesidades básicas las cuales establecen las características de una base segura, en la niñez temprana aparecen los procesos de exploración supervisada, luego comenzará la búsqueda de identidad y organización de esquemas, dando un gran paso donde la jerarquía cambia su verticalidad hacia una relación entre iguales y en ocasiones con consultas mutuas.
Los hijos, ya con historias vividas construirán sus proyectos, relaciones, parejas, familia, y cada hito aprendido emergerá, pasando a la etapa donde cambian los roles, vislumbrando y asumiendo los cuidados que requiere la adultez media y tardía pero esta vez al revés, dando espacio a la reciprocidad y a los legados especiales de protección invertida, similares a los de origen pero con más tiempo de vida y similar fragilidad.
Y el arte; inmerso en cada detalle, nos presentará en este recorrido situaciones particulares de madres e hijos, historias, pintura y vida que han sido inmortalizadas con sentimientos profundos y en su esencia nos vincularan por antagónico o semejante a la necesidad de replantear la palabra Mamá ; más allá de género y vínculo su representación se basa en ese primer refugio de cuidado amoroso, sostén, protección y cobijo en el valioso ejercicio de la función maternal.
En esta invitación al mundo pictórico conoceremos parte de la cotidianidad de grandes maestros, sus emociones y la relación con su vínculo primario.
La madre creyente y mecenas de Henri de Toulouse-Lautrec , Adèle fue sin duda el manager incondicional que todo artista quisiera tener, ella no solo admiraba la obra de su hijo, también confío plenamente en Él.
Fueron tiempos de incertidumbre y agobio donde escaseaban las respuestas y la incertidumbre aumentaba.
Su vida se dividió en tres etapas cruciales; enfermedad genética, bohemia parisina y alcoholismo y declive final hasta su muerte prematura.
Su madre lo acompañó hasta los últimos días y después de su partida continuó presentando las obras de Henri a los grandes museos de París; batallando y argumentando a todo aquel que se opusiera al valor que hoy le asigna la historia.
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