Entre lo colectivo y la casta
La política es un arte , y como tal, exige vocación, entrega y la imposición de su rumbo por encima de lo individual.
La política es también un destino que implica ocuparse de lo colectivo, es decir, superar toda codicia o ambición individual.
Esos serían los elementos centrales de una vocación política, de una entrega que, además, debe transitar por un cierto nivel de sabiduría, lo cual la obliga a salir del sectarismo, de esos lugares donde el fanatismo es la única forma de imponer un límite al temor a la duda.
Nací y crecí en una sociedad donde la política estaba en manos de pensadores, de filósofos, de ideólogos, de soñadores, y por ella se entregaba hasta la vida .
Hoy vivo en una sociedad donde, en nombre de la codicia personal, de los ahorros, de las monedas, de la renta financiera, en otras palabras, de aquellos que Cristo expulsó del templo, se intenta desarrollar lo colectivo como simple expansión de la enfermiza avidez individual.
Nuestro pasado cercano tiene muchas explicaciones y algunas justificaciones, pero, en rigor, hay solo un dato indiscutible: desde el último golpe militar hasta el presente, nuestra sociedad sólo vive una triste pendiente de decadencia.
Algunos insisten en repensar o reformular un proyecto.
En verdad, la mera ética es un proyecto en sí mismo y cuando los argentinos vemos con cotidiana vergüenza el comportamiento de esa despreciable institución a la que fundamos como Justicia y hoy actúa solo al servicio del vencedor, sentimos dolor y nos preguntamos si con esa imprescindible estructura podremos construir una nueva sociedad.
No hay abogados que liberen culpas ni acusaciones que transiten gratuidades.
Nuestra realidad es que el interés individual se ha impuesto a las necesidades colectivas , y en ese sentido, hoy da la impresión de que todas las empresas construidas por el conjunto de la sociedad argentina debieran pasar mediante una ley universal inexistente y falsa a manos de personajes que no merecen ni siquiera el más mínimo respeto de nuestra parte.
El RIGI es una expresión patética donde un conjunto de despreciables gobernadores entregan sus votos por unos pesos, unas rutas o unas escuelas a una concepción ideológica por la cual los grandes grupos económicos no tienen que hacerse cargo de los impuestos que luego sí les tocarán, como el impuesto al cheque, a las dolidas y dañadas empresas nacionales.
Me repugnan los personajes que en los medios expresan que los cambios son dolorosos, porque no aclaran que ese daño cae sobre el dañado, o sea, el dolor de la clase media es el dolor de ya no ser , como diría el tango, y la Argentina está dando el paso hacia una sociedad en la que la industria y el comercio ya no consolidarán esa poderosa clase media que nos diferenciaba de muchos países del continente.
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