América Latina frente al Eje de la Coerción: la batalla moral por el Hemisferio Occidental
La “Era de la Ingenuidad” ha fenecido.
Durante décadas, una lectura reduccionista de las relaciones internacionales pretendió convencer a nuestras sociedades de que la globalización era un terreno neutral de intercambio comercial donde el origen del capital carecía de consecuencias políticas.
Bajo esa premisa anestésica, el Hemisferio Occidental bajó la guardia.
Hoy asistimos al resultado con una ofensiva multidimensional contra los pilares fundacionales de nuestra civilización —la libertad individual, la democracia representativa donde el poder emana del pueblo y la dignidad de la vida humana—.
América Latina no es una periferia disponible para la subasta geopolítica ni un territorio neutral en una disputa comercial abstracta.
Nuestra región es parte indisoluble de Occidente por historia, cultura, ideal político y vocación existencial.
Sin embargo, una entente hegemonista y autocrática —el eje articulado por China, Rusia, Irán y Corea del Norte que algunos analistas, como los del FHOx y el Center for Secure Free Society, denominan por su acrónimo “CRINK” —China, Rusia, Irán, North Korea—, operando a través de sus representantes formales e informales, corporaciones y facilitadores políticos como sus nexos con el crimen— pretende naturalizar la idea de que nuestras naciones pertenecen a un constructo amorfo, artificial y desprovisto de valores compartidos: el mal llamado “Sur Global”.
Esa trampa semántica no es inocente.
Constituye el núcleo de una operación cognitiva del sharp power destinada a quebrar nuestra identidad y desviarnos del horizonte democrático .
La penetración no comienza con el despliegue militar convencional, sino con la cooptación sigilosa de élites, el financiamiento condicionado de centros de estudios y la colonización del debate académico y de medios.
Con el sutil uso de palabras que denotan conceptos con consecuencias.
Se promueve un clima donde la autocensura reemplaza al pensamiento crítico y donde nombrar a las tiranías por su nombre pasa a ser catalogado como una inconveniencia diplomática.
Cuando una sociedad ya no se atreve a juzgar moralmente el totalitarismo que viola sistemáticamente derechos humanos, ha cedido el control de su propio destino.
Como se ha advertido de manera reiterada, “Occidente no es una coordenada geográfica ni un territorio en disputa para premiar a un ganador, es un imperativo espiritual y moral sustentado en la libertad de las almas; cuando renunciamos a esa verdad en nombre del pragmatismo de mercado, abrimos las puertas a la tiranía”.
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