El capitán del club de todos, un giro cultural impactante
Alguna vez pensó si él era el problema, y él siempre fue la bendición.
En el firmamento de Qatar, Lionel Messi pudo elegir un cierre exuberante y luminoso en código albiceleste.
Ya se había hecho justicia, ya se habían quemado todos los demonios con la llegada de la reparación histórica.
Podía disfrutar de una despedida que ninguno había tenido.
Pero Messi jamás sería ‘ninguno’.
E insistió.
No sabía, no podía, no quería cortar el lazo.
El último acto tuvo lágrimas en Nueva Jersey, cobijado por sus compañeros, los que de más pibes habrán llorado por sus derrotas.
Esos son los fantásticos efectos sanadores del destino. ¿Qué sentido tenía jugar casi otros cuatro años entre la gloria y la intriga? Pertenencia, pasión, amor.
El país de las sospechas aprendió a admirarlo un poco más.
En marzo de 2019, atención, no hace tanto, sus hijos todavía le preguntaban, cada vez que viajaba a la Argentina: “Papá, ¿por qué vas si no te quieren?”.
Contra España ofreció su función de despedida y la idea de empezar a extrañarlo ya sofocaba.
Era inevitable, asomaba amenazante.
Por motivos que se escapan a la lógica, la Argentina durante demasiado tiempo observó con desconfianza a Messi.
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