Cómo hablarle a un familiar con demencia sin pelear ni angustiarse
Cuando un padre o una madre empieza a olvidar cosas o cambia su carácter, el vínculo familiar se pone a prueba.
Recibir el diagnóstico de salud mental de un familiar cae, casi siempre, como un baldazo de agua fría: se trata de una enfermedad irreversible, sin cura, y ese dato solo ya alcanza para desarmar a cualquiera.
Pero desde la consulta puedo decir que hay algo que sí está en manos de la familia, y es entender bien qué tipo de deterioro cognitivo está atravesando esa persona.
Saber que los olvidos son parte de un proceso de la enfermedad —y no un capricho, una cargada o una falta de atención— cambia por completo la forma de reaccionar.
No es lo mismo pelearse por algo que se olvidó como si se tratara de una discusión entre pares, que entender que del otro lado hay un cerebro que ya no procesa la información como antes.
Entender el diagnóstico cambia la manera de reaccionar.
Una evaluación clínica bien hecha permite determinar, con bastante precisión, qué le está pasando a esa persona y armar una estrategia a partir de ahí.
Cuando esa información falta, es fácil caer en el reproche : “Ya te lo dije”, “te estás haciendo el que no te acordás”.
Y ese tipo de intercambio no hace más que angustiar a los dos lados del mostrador.
Existen distintos tipos de olvidos. (Foto: Adobe Stock) Señales que conviene empezar a mirar con atención Lo importante es tener los ojos bien abiertos frente a situaciones que se repiten y que, un año atrás, no pasaban.
Pueden ser detalles menores —perder cosas que después aparecen, justificar un olvido con cualquier excusa— o señales de mayor peso, como perderse yendo al kiosco de la esquina, no reconocer a un hijo, o repetir lo mismo a la mañana y a la tarde como si fuera la primera vez.
Tampoco hay que esperar solo cambios de memoria : a veces el primer indicio es un cambio de carácter, alguien que deja de hacer lo que hacía siempre o empieza con conductas que no tenía, como salir de noche cuando nunca lo hacía o usar un vocabulario que no era el suyo.
Hay que prestarles atención a los olvidos. (Foto: Adobe Stock) Vale aclarar algo: la edad , por sí sola, no es sinónimo de enfermedad.
La mitad de las personas que llegan a los 85 años tiene algún problema cognitivo, y eso no equivale automáticamente a una demencia, aunque sí influyen patologías asociadas como la enfermedad coronaria, la hipertensión o el colesterol elevado.
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