Inteligencia artificial y empleo: los desafíos de un nuevo modelo productivo para la Argentina
La irrupción de la inteligencia artificial (IA) ha reavivado un temor recurrente en la historia del capitalismo: el de una tecnología capaz de sustituir masivamente al trabajo humano.
Sin embargo, la evidencia disponible no permite sostener, al menos hasta ahora, que la IA esté destruyendo empleo en términos netos .
Antes de ceder al alarmismo, conviene revisar qué mitos rodean esta discusión y qué enseña la historia económica sobre los saltos tecnológicos disruptivos.
Cada innovación de magnitud ha generado el mismo temor: que las máquinas dejen sin trabajo a los humanos.
A comienzos del siglo XIX, los luditas destruyeron telares mecánicos en Inglaterra convencidos de que estos destruirían su oficio; sin embargo, la industria textil británica se expandió y multiplicó el empleo industrial.
Las revueltas del Capitán Swing, décadas más tarde, respondieron a la introducción de trilladoras que expulsaban trabajadores del campo; pero esa fuerza de trabajo encontró luego empleo en la industria textil.
En los años treinta del siglo XX, el taylorismo y el fordismo reavivaron el debate sobre el “desempleo tecnológico”, una noción retomada incluso por John M.
Keynes; no obstante, la tecnología impulsó la producción industrial a escala global.
La “paradoja de la productividad” de los años ochenta, asociada a la computación, tampoco derivó en destrucción neta de empleo, sino en nuevos sectores vinculados a la informática e Internet.
En 1995, Jeremy Rifkin anticipó en El fin del trabajo que no quedarían sectores capaces de absorber a los trabajadores desplazados; tampoco ocurrió.
Esta reconstrucción histórica no implica negar que la IA desplace tareas concretas, sustituyendo trabajo manual e intelectual por trabajo mecánico y de sistemas.
Lo que sugiere, en cambio, es que cada salto tecnológico ha generado nuevos sectores capaces de compensar, y hasta superar, la destrucción de empleos preexistentes .
Los datos globales lo confirman: en 1950 existían en el mundo unos 820 millones de puestos de trabajo, una población económicamente activa (PEA) de 870 millones de trabajadores y una población total de 2.500 millones de habitantes.
En términos relativos, esto implicaba un cociente entre empleos y PEA del orden del 0,94 (de cada 100 personas en condiciones de trabajar, 94 poseían efectivamente un empleo) y una relación entre empleos y población de aproximadamente 0,33 (uno de cada tres habitantes tenía un empleo efectivo).
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