Llega a plataformas la película alemana que compartió premio con ‘Sirat’ en Cannes: una clase magistral de cine, tan dura como hipnótica
Es sin duda uno de los grandes descubrimientos del año por su singularidad, por su capacidad para crear incomodidad y extrañeza y por su forma de hablar sobre la violencia sobre las mujeres de manera subterránea.
Se trata de El sonido de la caída , que aterriza en plataformas (Movistar Plus+ y Filmin) después de ser galardonada con el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes junto a Sirat , de Oliver Laxe .
En ella, a lo largo de 149 minutos , nos adentramos en una granja del norte de Alemania que se convertirá en una especie de archivo de traumas, deseo y violencia contra las mujeres a través de una narración fragmentaria en la que los ecos del pasado enlazan infancia, sexualidad, muerte y memoria .
La segunda película de Mascha Schilinski sitúa a Alma, Erika, Angelika y Lenka en distintas épocas dentro de la misma casa y las une mediante una estructura episódica, voces en off y asociaciones sensoriales que prescinden de una línea temporal nítida.
No todas mantienen lazos familiares, pero sus vidas acaban reflejándose entre sí en un juego de espejos.
Cuatro relatos que se superponen El arranque se instala en escenas de vida campesina donde la rutina y la violencia organizan las relaciones familiares.
Ahí aparece Erika, una adolescente pelirroja de los años 40 interpretada por Lea Drinda, que finge una discapacidad al atarse una pierna bajo el vestido y usar las muletas de su tío amputado, Fritz; cuando abandona el juego, su padre le da una bofetada y ella responde con una sonrisa amarga a cámara.
Ese gesto rompe la cuarta pared desde el comienzo y fija uno de los procedimientos de la directora: las protagonistas femeninas interpelan al espectador desde un entorno que apenas las escucha.
Esa complicidad visual no será excepcional, sino una vía para abrir el relato a una mirada externa .
La película retrocede después hasta el cambio de siglo para centrarse en Alma, la más joven de la familia.
Su verano muestra la dureza del trabajo infantil y la represión social; en una de las escenas clave, la niña finge estar muerta en la sala principal al imitar el posado mortuorio de su abuela para un daguerrotipo , una imagen que instala el deseo de desaparecer como herencia emocional.
En el bloque contemporáneo, la granja se convierte en destino vacacional de una familia berlinesa actual.
Las hijas, Lenka y Nelly, recorren el lugar a través de sensaciones, asociaciones misteriosas y rastros que nunca terminan de explicarse, una opacidad que forma parte del misterio mismo de la película.
Por último, tenemos a Angelika en la República Democrática Alemana de los años 80.
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