El peor terremoto de la historia de la península ibérica: arrasó ciudades enteras, provocó una crisis religiosa e inspiró una obra maestra de la literatura universal
Los recientes terremotos que han sacudido Granada y su área metropolitana han reavivado el temor de que la ciudad, situada en una zona de colisión entre las placas tectónicas euroasiática y africana, pueda sufrir algún cataclismo grave.
Las fallas del sistema de la cuenca de Granada son cortas y fragmentadas, lo que limita la cantidad máxima de energía que pueden liberar de golpe y hace poco probable un incidente de gran magnitud en la ciudad, que sí podría registrar enjambres de temores más leves durante semanas o meses.
Con todo, el escenario ha hecho que muchos hayan recordado el peor terremoto registrado nunca en la península ibérica: el terremoto de Lisboa , ocurrido la mañana del 1 de noviembre de 1755.
Tras un choque entre la placa euroasiática y la placa africana, una falla submarina rompió abruptamente el lecho marino, desplazando una enorme masa de agua hacia arriba y liberando una cantidad de energía equivalente a miles de bombas atómicas.
La capital portuguesa fue el lugar más afectado de todos: un temblor de casi seis minutos y de una magnitud estimada de 8,5 destruyó el 85% de los edificios.
Además, a este le siguieron un tsunami y un gran incendio que se prolongó durante cinco días, arrasando con todo lo que quedaba.
Pero no fue el único lugar afectado: Setúbal, Sagres y otras localidades portuguesas sufrieron una destrucción severa, mientras en España resultaron especialmente castigadas Huelva, Ayamonte y Cádiz .
El tsunami alcanzó alturas de hasta once metros en algunos puntos de Huelva y dejó una larga estela de destrucción que se cobró entre 65.000 y 100.000 vidas.
Desconfiaron de un Dios benevolente La catástrofe abrió una profunda grieta en las creencias de la población de la época.
En una Europa profundamente religiosa, muchos buscaron en la providencia una explicación para semejante tragedia.
Cabe destacar que el terremoto se produjo el Día de Todos los Santos y que miles de creyentes se encontraban rezando en iglesias que acabaron derrumbadas.
Algunos predicadores presentaron el terremoto como castigo por los pecados humanos, mientras otros insistieron en la necesidad de oración, arrepentimiento y conversión.
La Iglesia movilizó además asistencia espiritual para una población traumatizada.
Sin embargo, el desastre planteaba una pregunta mucho más incómoda: si Dios era justo y benevolente, como siempre se había creído, ¿cómo podía permitir que miles de personas murieran mientras rezaban precisamente en iglesias durante la festividad de Todos los Santos? El terremoto se convirtió así en un problema teológico y filosófico de primer orden, enfrentando las explicaciones providencialistas con las nuevas formas de pensamiento racional de la Ilustración.
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