City Bell, París y el dilema de amar a alguien que no te puede elegir: “Pasé mi vida intentando controlar lo que sentía”
Nada en sus orígenes presagiaba que sus caminos se encontrarían en la adultez para amarse con tanta profundidad.
Sus historias comenzaron en universos geográficos y emocionales opuestos, moldeando las herramientas con las que aprenderían a sobrevivir.
Cada experiencia previa preparó el terreno para el momento exacto en que sus vidas colapsarían, obligándolos a reinventarse lejos de sus universos conocidos.
Rosa, de City Bell, Michel, de París, y un destino cruzado Michel nació y se crió en los suburbios de París, en una familia de clase media cariñosa y estructurada.
Sensible, extrovertido, alto y carismático, jamás pasaba desapercibido.
Durante mucho tiempo su vida avanzó sobre rieles perfectos, pero al llegar a la adultez se topó con una barrera invisible: trabajaba y se esforzaba, pero algo se interponía entre él y la vida que imaginaba, arrastrando la frustrante sensación de no alcanzar su verdadero potencial.
Años más tarde nació su hija, quien se convertiría en su mayor logro y en la llave para encontrar un nuevo sentido a su existencia.
Rosa nació en City Bell, Argentina, en un hogar de gran confort material pero disciplina férrea.
En la escuela fue una niña brillante en lo académico pero muy vulnerable en lo social, sufriendo bullying crónico y ansiedad.
A los 17 años, un quiebre familiar cambió su destino, fue así que, tras la crisis económica argentina, aprovechó la distracción de sus padres, y los convenció de dejarla viajar a estudiar inglés a Nueva Zelanda.
Ese paréntesis inició una cadena de desvíos geográficos y casualidades que, años después, la llevaron a Francia.
Allí estudió, progresó y construyó la vida que se había propuesto, hasta que un colapso la obligó a detenerse.
“Un burnout me obligó a detenerme en seco y a mirar de frente una vida que había construido, como casi todo en mí, a fuerza de voluntad”, explica Rosa al recordar el quiebre de su carrera profesional en Francia.
“Mi mayor orgullo nunca fue el éxito laboral, sino haber logrado convertirme legalmente en francesa y haber comprado, con el fruto exclusivo de mi propio esfuerzo, el departamento que siempre había soñado tener”.
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