La justicia dividida: por qué la extraterritorialidad penal de Beijing fractura la diplomacia global
La diplomacia y el derecho penal internacional atraviesan una de sus grietas más profundas debido a la tendencia sostenida de la República Popular China de dotar a sus leyes penales de una marcada extraterritorialidad.
Esta pretensión de sancionar actos cometidos fuera de su territorio por ciudadanos extranjeros ha dejado de ser una disputa académica para convertirse en un problema operativo real para cancillerías , embajadas y tribunales de todo el mundo.
En el centro del debate se encuentra la soberanía territorial , un principio básico del derecho internacional que se paraliza cuando una potencia pretende tipificar como delito la libre expresión, las decisiones legislativas o el apoyo a Taiwán realizados en suelo extranjero.
Para entender la desconfianza actual es necesario volver a 2019, cuando la intención del gobierno de Hong Kong de aprobar una ley de extradición hacia la China continental provocó protestas masivas en las calles ante el temor de una inminente pérdida de garantías judiciales.
La respuesta de Beijing en junio de 2020 sentó un antecedente definitivo al promulgar de forma directa la Ley de Seguridad Nacional .
Esta norma incluyó el polémico Artículo 38, el cual otorgaba jurisdicción penal a las autoridades chinas sobre supuestos delitos cometidos por personas no residentes y fuera del territorio hongkonés .
La reacción de las democracias fue inmediata y países como el Reino Unido , Canadá , Australia , Nueva Zelanda , Estados Unidos y Alemania suspendieron de manera sistemática sus acuerdos de extradición con Hong Kong .
Aquel quiebre confirmó que la cooperación penal internacional no resiste cuando el sistema judicial de un país se percibe como un instrumento de presión ideológica transnacional.
La lección de Hong Kong cobra renovada vigencia frente a la arquitectura legal que impulsa Beijing contra la independencia de Taiwán .
Disposiciones como el Artículo 63 de sus normativas sobre la reunificación extienden la persecución criminal no solo a diplomáticos, sino directamente a miembros de organizaciones no gubernamentales, periodistas, investigadores, catedráticos y conferencistas internacionales que aborden críticamente las políticas del régimen o respalden la soberanía de la isla.
Esta pretensión punitiva supone un ataque frontal contra la libertad de expresión y la libertad de conciencia, buscando silenciar el debate intelectual, la labor informativa y la investigación académica más allá de las fronteras chinas bajo la amenaza de sanciones penales.
Esta expansión genera la inaplicabilidad directa del principio de doble incriminación , ya que ningún tribunal democrático puede extraditar a una persona por actos que en su propio país constituyen el ejercicio legítimo de derechos fundamentales.
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