Los partos, la historia de la evolución humana con nombre de mujer: “Los romanos ponían amuletos y nosotros hemos vuelto a barbaridades como parir en el mar”
El parto no estaba siendo nada fácil, como tampoco lo había sido el embarazo.
María Isabel de Braganza, infanta de Portugal y esposa (y sobrina) del rey Fernando VII, llevaba en su vientre el futuro de la corona.
En un momento dado, perdió el conocimiento y los médicos del Palacio Real de Aranjuez , dándola por muerta, decidieron extraerle el bebé.
Sin embargo, según cuenta el cronista Villaurrutia, la reina solo se había desmayado, por lo que despertó en mitad de la cesárea con “tal grito, que manifestaba que no había muerto aún, como creían los médicos, los cuales hicieron de ella una espantosa carnicería”.
María Isabel murió desangrada el día después de la Navidad de 1818.
La niña que llevaba dentro nació sin vida.
La historia de María Isabel de Braganza, la fundadora del Museo del Prado, es una trágica anécdota con nombre y apellidos de la realidad que todavía hoy sufren miles de mujeres en el mundo.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2023 en torno a 260.000 mujeres fallecieron por complicaciones derivadas del embarazo o el parto, es decir, una mujer muere dando a la luz cada dos minutos.
El 90 % de estas muertes maternas se registran en países de bajos ingresos.
Las muertes derivadas de un embarazo complicado o un mal parto han acompañado a las mujeres a lo largo de la Historia, mucho antes de que esta misma empezara. ¿Cómo se explica que algo tan “natural” como un alumbramiento sea, al mismo tiempo, tan peligroso para la supervivencia? Para encontrar la trampa (si es que podemos llamarla así) debemos retrotraernos al “pecado original”, hasta el primer primate que se irguió sobre dos patas .
Y caminó.
La bipedestación requería una pelvis más estrecha y estable para facilitar la marcha, algo que ocurrió de forma más o menos paralela al desarrollo del cráneo.
Ambas cuestiones desembocaban en lo que se llamó el “ dilema obstétrico ”: un conflicto evolutivo entre un canal de parto espacioso (para admitir una cabeza cada vez más grande) y una pelvis más apretada que demandaba el bipedismo.
El resultado del dilema obstétrico se traduce en un riesgo mayor de pasar por un parto complicado en comparación con el resto de primates.
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