“Mi cuerpo no respondió y mi orgullo se derrumbó”
—¿Alguna vez no se le paró? La pregunta de mi terapeuta me descolocó.
El doctor Varela era un hombre moderado, racional, poco dado a las provocaciones.
No esperaba que me preguntara algo así.
Contesté con la seguridad de quien no admite fisuras: —No, de ninguna manera.
Yo era un semental.
Los problemas sexuales eran cosa de los débiles, de los que no estaban a la altura.
Yo era un hombre.
Varela se quedó callado y, después de unos segundos, su silencio empezó a incomodarme.
Había respondido como si acabara de aprobar un examen, pero él no parecía dispuesto a felicitarme. — ¿Hay algo malo en no haber tenido nunca un problema de erección? —le pregunté. —Y sí, usted hubiera aprendido algunas cosas.
Después de otro largo silencio, dio por terminada la sesión.
Salí del consultorio desconcertado. ¿Qué le pasaba a ese tipo? ¿Se había vuelto senil? Era cierto que alguna vez me había ocurrido, pero no lo consideraba un problema.
Mi desempeño sexual era excelente .
Además, ¿qué podía enseñarme una situación tan humillante? Bastante tenía uno con atravesarla como para encima tener que agradecerla.
Unos años antes había vivido algo parecido durante una entrevista de trabajo con uno de los empresarios más importantes del país.
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