La empresa pide energía: ¿y si el dueño ya no la tiene?
“El que no sabe a dónde va, ya llegó”, dice el refrán.
Y hay empresarios que, sin saberlo, ya llegaron: están instalados en una meseta cómoda, donde los procesos funcionan, los clientes son fieles y los números no generan sobresaltos.
El problema es que el mercado no se queda quieto esperando a que uno decida cuándo volver a moverse.
Ricardo tiene 61 años y una pyme metalúrgica que fundó a los 28.
Un cliente grande le propuso triplicar el volumen si invertía en una nueva línea de producción.
La cuenta cerraba.
Pero Ricardo, por primera vez en su vida, dudó.
“No sé si tengo ganas de empezar de nuevo” , le confesó a su contador.
No era un problema de plata.
La misma energía que a los 28 años le sobraba, a los 61 ya no estaba disponible de la misma manera.
O, mejor dicho: Ricardo prefería guardarla para otros planes.
Dos ciclos que no siempre coinciden La empresa tiene su propio ciclo de vida, y en algún momento –después de una etapa de estabilidad– llega la exigencia de crecer.
Crecer no es solo cuestión de plata: exige asumir riesgo, salir de lo conocido, poner el cuerpo como en los primeros años.
Pero las personas también tenemos nuestro propio ciclo de vida.
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