Griselda y el libro de la tapa roja
Hace unos días se murió Griselda Gambaro y yo me había olvidado por completo de ella.
De ella, del libro de tapa roja que compré mientras estudiaba en la secundaria, de las tres obras de teatro que venían allí, de la escena de La malasangre –era La malasangre – que protagonicé en una muestra del primer taller de actuación que hice, el de los sábados.
Me olvidé de tanto.
Me olvidé de la cantidad de textos que escribió en sus 98 años, de sus novelas, de los tomos de teatro, de los premios que le dieron, de que fue censurada por la última dictadura.
Me olvidé de su rostro que también se veía en ese libro, de sus rulos de arcilla.
Me olvidé de esa primera clase en el Centro Cultural San Martín cuando la profesora dijo que si nos gustaba el teatro, debíamos leer a Griselda y por eso, porque a mí me encantaba, volví a casa y fui a la librería de la calle Laprida a comprar algo de ella.
El libro de tapa roja.
Dónde está.
Me había olvidado de lo mucho que me gustaba el teatro.
Hace cuánto que no leo una obra.
Recuerdo sin vacíos que yo a los 17 años estaba dispuesta a lo que todavía no sabía para ser actriz, de televisión, de teatro, de cine, de comedia musical.
Solo en eso pensaba cuando no pensaba en el chico que me gustaba.
Recuerdo el book de fotos caseras y sacadas por mis amigas, las melllizas, para mandar a las agencias de casting; recuerdo que cuando las revelé tuve el primer indicio de mi destino, esto no iba a funcionar, pero igual seguí adelante por varios años más.
Y lo olvidé.
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