El santo que renunció a todo y terminó usado por el fascismo: la increíble vida de San Francisco según un historiador italiano
El 3 de octubre de 1226, un sábado al atardecer, murió en Asís un hombre que había renunciado a todo: a la fortuna de su padre , a la ropa de moda, al apellido con que lo registraron al nacer —Giovanni Bernardone— y hasta a la posibilidad de que alguien contara su historia con fidelidad.
Ese último renunciamiento no fue voluntario.
Fue la Orden que él fundó la que, cuarenta años después de su muerte, ordenó destruir todos los testimonios que lo describían con contradicciones, con dudas, con asperezas.
Quería un santo, no un hombre.
Alessandro Barbero llega, 800 años después, para rescatar al hombre.
San Francisco ( Taurus , 2026), traducción al castellano del original italiano publicado por Laterza en septiembre de 2025, abre su introducción con un episodio que da la medida exacta de hasta dónde puede llegar el uso político de un santo.
En 1926, año del séptimo centenario de la muerte de Francisco, el editor Franco Paladino —“encantado de definirse como el editor de Mussolini”— encargó al sacerdote Paolo Ardali un opúsculo titulado San Francesco e Mussolini , publicado en la colección Mussolinia.
Biblioteca di cultura fascista .
Ardali se propuso ilustrar “el espíritu franciscano del Gran Hombre” sin la menor duda: “¡Oh! ¡Cuánto espíritu franciscano hay en la vida de Mussolini!”.
Los paralelos que trazaba eran minuciosos: cuando se construyeron las murallas de Asís, Francisco, “por entonces de diecisiete años, estaba quizá entre los trabajadores más voluntariosos y ardientes” —Barbero anota que ese “quizá” significa, “como puede ver cualquiera, que la noticia es una invención de principio a fin”—; Benito Mussolini , de joven, “conoció en Suiza las penalidades del trabajo manual, llevando a hombros los ladrillos”, exactamente igual que Francisco había reparado con sus manos la ermita de San Damián.
Ambos combatieron en la guerra.
El Duce había peregrinado por el mundo, “ha padecido hambre, franciscanamente”, y encarnaba “la perfecta felicidad”.
“Las fotografías del futuro Duce durante los años de la guerra se parecen a los retratos de Francisco: “Falta solo la aureola”” , remataba Ardali.
Barbero cierra el episodio con una frase que condensa el mecanismo entero: “Lo cierto es que para él Mussolini se parecía a san Francisco o, mejor dicho, san Francisco se parecía a Mussolini”.
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