El fusilamiento del Che Guevara: un sargento que tardó 40 minutos en disparar, un código secreto y un cadáver escondido
El sargento Mario Terán tenía las manos transpiradas.
Sostenía un fusil M1 Garand y esperaba frente a una puerta de madera completamente desvencijada.
Era casi la una de la tarde del lunes 9 de octubre de 1967 .
El sol calentaba los casi treinta ranchos de adobe que componían La Higuera , un pueblo remoto a dos mil metros de altura, en medio de los Andes bolivianos .
Detrás de la puerta desvencijada, que daba entrada a la escuelita rural del pueblo, había tres cadáveres tendidos en el piso de tierra.
La sangre de los tres ya se había secado.
Había, también, un prisionero vivo.
Estaba sentado sobre un banco de madera y tenía la espalda apoyada contra una de las paredes de barro: era, en ese momento, “el insurgente más buscado del planeta” .
Ernesto Che Guevara tenía la camisa raída y el pantalón atravesado por el balazo que le habían incrustado en la pantorrilla derecha.
Los dos mil metros de altura y el asma que lo castigaba desde muy chico eran una combinación insoportable para sus vías respiratorias: el pecho le silbaba.
Pero cada vez que el sargento Terán entraba a la escuelita, Guevara se erguía en su silla.
El sargento recibió órdenes inapelables.
Joaquín Zenteno Anaya , coronel del Ejército de Bolivia, lo había convocado al patio de la escuela y le había indicado que la ejecución no podía seguir demorándose.
Debían disimular que se trataba de un fusilamiento, así que Félix Ismael Rodríguez, agente de la CIA escondido en el alias “Capitán Ramos” , instruyó a Terán sobre cómo debía disparar.
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