8 de octubre de 1967: El día en que el ejército boliviano acorraló y capturó al Che Guevara
El sol aún no despuntaba del todo sobre la abrupta geografía del sudeste boliviano cuando el silencio característico del cañón comenzó a resquebrajarse.
Un día como hoy, el 8 de octubre de 1967, la Quebrada del Yuro, un barranco seco e inhóspito cerca de la pequeña aldea de La Higuera, en Santa Cruz, se convirtió en el escenario final de una de las expediciones más complejas de la Guerra Fría.
Para entender cómo se llegó a este punto, es necesario retroceder a finales de 1966.
Tras el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, Ernesto “Che” Guevara, médico de profesión y uno de los principales líderes insurgentes junto a Fidel Castro, estaba convencido de que la lucha armada era el camino para liberar a América Latina de la influencia política y económica de Estados Unidos.
Con esa idea en mente, Guevara eligió a Bolivia por su ubicación estratégica en el corazón del continente, imaginando que desde allí podría exportar e impulsar focos revolucionarios hacia países vecinos como Argentina, Perú y Chile.
Sin embargo, la aventura boliviana del denominado Ejército de Liberación Nacional (ELN) enfrentó serios obstáculos desde el principio.
El campesinado local, a quien pretendían movilizar, recelaba de los guerrilleros extranjeros y prefirió no sumarse a la causa.
Además, el gobierno boliviano reaccionó con rapidez, apoyándose en un ejército bien pertrechado y asesorado por inteligencia estadounidense.
Hacia octubre de 1967, tras meses de aislamiento, falta de alimentos, asma persistente y enfermedades tropicales, la columna original del Che había quedado reducida a solo 17 hombres acorralados en las selvas de Ñancahuazú.
El rugido del combate en la quebrada Hacia las 13:30 horas de aquel domingo, la tranquilidad del barranco saltó por los aires.
Tropas del Batallón de Rangers del Ejército de Bolivia, alertadas por pobladores sobre la presencia de extraños en la zona, tendieron un cerco táctico para cortar cualquier vía de escape hacia el río San Antonio.
El tiroteo fue encarnizado.
Los disparos retumbaban contra las paredes de piedra y la densa vegetación, transformando el paso en un embudo del que resultaba casi imposible salir con vida.
En medio del intercambio de fuego, el grupo intentó abrir paso para proteger a los combatientes enfermos.
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