"No lloré en el funeral de mi padre; lloré un mes después, cuando marqué su número por costumbre y lo dejé sonar y sonar, porque el timbre se parecía más a su voz que cualquier otra cosa que me quedara"
La reacción ante la muerte llegó semanas después, en medio de una situación doméstica.
Un llamado realizado por costumbre terminó convirtiéndose en el momento en que la ausencia se volvió real.
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