Ciertas cosas sin precio ni tiempo
Estaba a punto de terminar la depuración del placard —vaya gesto de expectativa primaveral— cuando la encontré, magullada de arrugas bajo una pila tambaleante de prendas: la vieja y querida remera negra de “Purple Rain” , con la inscripción en la exacta tipografía de la tapa de ese disco de Prince —y afiche de la película, claro—.
Mientras la extendía frente a mí con ambas manos, fascinada por el hallazgo de un tesoro sentimental que creía haber perdido, cavilé sobre su inminente destino. ¿Se va o se queda? De atenerme a las pautas inconmovibles que deben regir toda buena depuración, la opción era obvia: adieu .
Pero cuanto más la observaba, con el detenimiento que apreciar una pieza importante merece, comencé a enfocarme bastante menos en las condiciones objetivas (“tiene muchos años”, “el color está desgastado”, “quizás me quede hoy un poco ajustada”) y más en el contexto histórico.
El ejercicio me retrotrajo a un viernes por la noche durante los años 80 en el que la vuelta a casa después de la acostumbrada excursión al videoclub fue más emocionante que nunca, porque mientras mi padre manejaba el Taunus Ghia con destreza , esquivando cráteres sobre una avenida del sur del conurbano, yo traía entre mis manos una joya demasiado anhelada: el VHS de Purple Rain.
No era solo un film, era un rito de pasaje .
No había llegado a verlo en cines porque se había estrenado en 1985 con la calificación de “Apta para mayores de 16 años” —y yo tenía 11—, pero que mis padres me concedieran tiempo después el anticipado permiso para disfrutar de esa fruta prohibida en la videocasetera (¡¿hace cuánto que no escribimos esa palabra?!) de casa me convertía, de inmediato, en una adolescente.
Y no en cualquier adolescente, sino en una que ya entendía algo de música, por lo tanto era digna de ver a Prince, con su estética centelleante , interpretar a ese chico humilde que viene de un hogar violento y lucha para triunfar en el rock mientras tiene un romance con la bellísima Apollonia.
Por supuesto, lo que todos esperábamos llegaba en el desenlace, cuando el héroe canaliza su dolor en arte y toca en vivo en el club de sus sueños, donde suena, al fin, el magnánimo himno que le da nombre a la película .
Clímax absoluto.
Todavía con la prenda entre las manos, recordé que tenía en casa un segundo ítem alusivo al Genio de Minneapolis esperando bajo otra considerable pila.
Así que fui rauda a la mesa de noche a rescatar Dickens y Prince , una casi novedad editorial de Nick Hornby (publicada aquí por Anagrama).
Y lo que pensé sería un hojeo veloz para saber de qué iba la cosa se transformó en una bacanal de lectura ininterrumpida.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.lanacion.com.ar — el contenido pertenece a La Nación.