Crean un mapa genético del tomate silvestre que muestra dónde se podría buscar el sabor perdido
El tomate que comemos hoy es, en muchos sentidos, un triunfo de la agricultura moderna.
Décadas de selección y mejoramiento genético lograron frutas más grandes, más firmes y capaces de soportar el transporte sin dañarse.
Pero esa ganancia tuvo un costo que cualquiera que haya probado uno recién arrancado de la planta puede intuir: el sabor se fue diluyendo con cada generación de cultivo .
Los compuestos responsables del aroma, la dulzura intensa y la profundidad de gusto fueron cediendo espacio a rasgos más convenientes para la cadena comercial.
Los parientes silvestres del tomate cultivado conservan gran parte de esa riqueza perdida.
Algunas especies acumulan niveles altos de licopeno, el pigmento rojo con propiedades antioxidantes; otras almacenan el azúcar de manera diferente o producen aromas que el tomate de supermercado ya no tiene.
Especies como Solanum pennellii y Solanum neorickii ni siquiera se vuelven rojas al madurar.
Los mejoradores llevan años sabiendo que ahí hay algo valioso, pero sin una guía precisa sobre qué genes controlan qué rasgo, incorporar esas características a variedades modernas resulta difícil y costoso.
Un equipo de investigadores del Boyce Thompson Institute (BTI), afiliado a la Universidad de Cornell , en Ithaca , Nueva York , trazó un mapa detallado de esos controles genéticos.
El trabajo, publicado en la revista Genome Biology , analizó cómo se activan y desactivan los genes en el tomate cultivado y en tres especies silvestres, a lo largo de distintos tejidos del fruto y en cada etapa de desarrollo y maduración.
El resultado es una hoja de ruta que señala qué interruptores genéticos están detrás del color, la dulzura, el amargor y el aroma, y en qué momento exacto del crecimiento actúan.
Los genes silvestres conservan controles que el mejoramiento borró Para entender qué encontraron los investigadores, conviene partir de una analogía sencilla.
Cada gen funciona como una lámpara: puede brillar con intensidad o apenas encenderse, y esa diferencia define cómo crece, madura y sabe una fruta.
Esa intensidad puede regularse de dos maneras.
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