Guardianes de la conciencia olvidada
Los Marind, un pueblo originario de Papúa Occidental, en Nueva Guinea, son hoy albaceas de una conciencia que el mundo parece haber perdido.
La de que, como humanos, pertenecemos a una totalidad compartida con todas las especies, que no tenemos derechos sobre ninguna de ellas y sí deberes que olvidamos.
La antropóloga Sophie Chao, francesa con ancestros asiáticos, profesora en la Universidad de Sídney, activista en el tema de los derechos indígenas , lleva diez años investigando la vida y costumbres de ese pueblo y describe uno de sus ritos más significativos: el duelo multiespecies.
Los Marind no sólo honran a sus muertos, sino que cumplen también rituales para los animales asesinados, los bosques devastados y los paisajes depredados por la intervención humana y por todo aquello producido por un capitalismo arrollador, para el cual la naturaleza y sus contenidos están para ser usados y convertidos en rentabilidad sin contemplar consecuencias ni asumir responsabilidades.
Los Marind no sólo honran a sus muertos, sino que cumplen también rituales para los animales asesinados, los bosques devastados y los paisajes depredados por la intervención humana Merauke, la localidad que habitan los Marind, está bajo control del gobierno de Indonesia, que, según informa Chao, asignó en esa zona aproximadamente 1 millón 200 mil hectáreas a 36 corporaciones nacionales e internacionales para el desarrollo de plantaciones de palmera aceitera, madera y caña de azúcar .
Para eso grandes extensiones de bosque fueron taladas o quemadas y los principales cursos de agua se desviaron para irrigar los nuevos monocultivos.
En el proceso se extinguieron especies animales y vegetales, muchos animales fueron matados por las maquinarias que abrían caminos y por las taladoras, y entre los milenarios bosques que desaparecieron se cuentan los que eran considerados lugares sagrados para la gente del lugar.
Cuando una ola se olvida de que es solo una forma transitoria del mar, decía Levy, vive angustiada por la inminencia de su fin y su vida es egoísta, centrada en sí misma.
Pero, si comprende que es mar, se integra a una totalidad y, como agua, nunca desaparece, solo cambia de forma Las tradiciones de los Marind, que suman actualmente unas 600 familias, son ancestrales y hacen foco en que todo lo que existe en el planeta debe considerarse y respetarse como la integración de lo diverso: humanos, animales, árboles, plantas, ríos, mares, rocas y la tierra misma.
Esta concepción panteísta y holística de la vida choca con lo que Sophie Chao llama el excepcionalismo humano .
Es decir, la arrogante creencia de que los humanos estamos al margen de esa totalidad y, por lo tanto, podemos actuar por encima de ella y de sus leyes.
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