De Versalles a TikTok: llevamos siglos ‘farmeando aura’
Sandra Bravo Durán , UDIT – Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología
Hay expresiones que parecen destinadas a morir rápido. “Farmear aura” tiene todas las papeletas: nació en internet, suena ligeramente absurda fuera de contexto y probablemente será sustituida por otra antes de que los adultos terminen de entenderla. Pero precisamente por eso merece atención: detrás de esa fórmula fugaz hay una obsesión social bastante más antigua que TikTok.
Tener aura, en el lenguaje de las redes, significa poseer una especie de magnetismo difícil de explicar: presencia, seguridad, estilo, misterio, esa capacidad de resultar interesante sin parecer demasiado interesado en conseguirlo. Farmearla consiste en hacer cosas que aumenten ese capital invisible. Resolver una situación incómoda sin inmutarse suma puntos; tropezarse cuando todos miran o esforzarse demasiado por parecer cool puede provocar una auténtica bancarrota simbólica. El Cambridge Dictionary ya recoge aura farming como la práctica de realizar acciones destinadas a proyectar una personalidad atractiva o interesante.
Internet incluso ha inventado una contabilidad imaginaria: “+1 000 puntos de aura”, “-5. 000”, “aura infinita”. La broma funciona porque todos entendemos perfectamente qué se está puntuando: la palabra es nueva; la conducta, no tanto.
Durante siglos hemos usado palabras distintas –honor, gracia, elegancia, distinción, carisma, cool , capital simbólico– para nombrar distintas formas de una misma obsesión: proyectar algo que los demás reconozcan como especial. TikTok simplemente ha actualizado el vocabulario.
Si TikTok hubiera existido en el siglo XVII, Luis XIV probablemente habría entendido bastante bien su lógica. En Versalles, levantarse, vestirse o comer podían convertirse en ceremonias minuciosamente reguladas. La proximidad al monarca era un privilegio y participar en determinados momentos de su rutina comunicaba posición social.
La corte funcionaba mediante una compleja red de etiquetas, ceremonias, jerarquías e interdependencias. Versalles era una gigantesca arquitectura del prestigio. Luis XIV no se limitaba a tener poder: debía escenificarlo. El palacio, la ropa, las fiestas, el protocolo y hasta la administración de sus apariciones contribuían a fabricar una figura excepcional.
Dicho en nuestro idioma, Luis XIV estaba farmeando aura a escala estatal. La diferencia es que entonces hacían falta un palacio, una corte y cientos de espectadores para sostener la representación. Hoy basta un móvil con cámara.
Uno de los mejores antepasados del aura farming quizá no fuera un rey, sino un dandi.
A comienzos del siglo XIX, George “Beau” Brummell convirtió algo aparentemente trivial –vestirse y comportarse de determinada manera– en una extraordinaria fuente de influencia social. Su estilo huía de la extravagancia y apostaba por la precisión, la sobriedad y una atención casi obsesiva al detalle. Su verdadero talento, sin embargo, era conseguir que nada de aquello pareciera costarle demasiado.
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