Catulo, poeta romano: “Conviene que el poeta sea casto y piadoso, pero sus versos no tienen ninguna necesidad de serlo”
¿Se puede juzgar la moral de un creador a través de la estética de sus ficciones? ¿Es el autor responsable directo de la conducta de sus personajes? Los debates sobre la “cultura de la cancelación” o el revisionismo biográfico en redes no es una novedad del siglo XXI.
Hace exactamente veintiún siglos, en las ruidosas y convulsionadas calles de la Roma tardorrepublicana, un poeta veinteañero respondió a estas mismas preguntas con un portazo violento que fundó la libertad de expresión en Occidente.
Su nombre era Gayo Valerio Catulo .
Nació en Verona en el seno de una familia patricia tan influyente que solía hospedar en su mesa al mismísimo Julio César .
Sin embargo, el joven prefirió los suburbios, las tabernas, el amor clandestino y la vanguardia literaria antes que la rigidez de la carrera política tradicional.
En un mundo dominado por la épica de los grandes imperios y las hazañas militares, Catulo lideró a los Neotéricos (los “poetas nuevos”), un grupo de rebeldes que revolucionó la poesía para siempre.
Para los Neotéricos el verdadero arte no estaba en las batallas de los dioses, sino en la intimidad del dormitorio, los celos, el desengaño y el insulto callejero.
Su obra sobrevivió al tiempo compilada en un único y milagroso volumen manuscrito: los Carmina (o Poemas ).
De ahí viene la frase que hoy repasamos y que pasó a la posteridad como un refinado manifiesto de la teoría literaria.
Pero hay que decir que en realidad tiene su historia: esta sentencia nació de un arranque de furia.
Dos de sus contemporáneos y críticos más feroces, los poetas Aurelio y Furio , cometieron el error de leer los versos más célebres de Catulo —aquellos donde le suplicaba a su amada Lesbia (seudónimo de la aristócrata Clodia Metelli ) que le diera “mil besos, luego cien, luego otros mil”— y catalogarlo públicamente de “afeminado”, blando y carente de la virilidad exigida para un ciudadano romano.
La respuesta de Catulo no se hizo esperar y quedó inmortalizada en el Poema 16 de sus Carmina .
Es una de las composiciones más salvajes de la antigüedad clásica.
El poema abre y cierra con una amenaza sexual explícita e hiperviolenta destinada a humillar y someter a sus detractores: “Pedicabo ego vos et irrumabo” (“Los sodomizaré y los empalaré por la boca”).
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