Jorge Luis Borges, el hombre que convirtió a Buenos Aires en un laberinto universal y llevó sus historias al mundo
Siempre supo que su destino sería el de ser escritor, como si ese destino se le hubiese impuesto aun antes de nacer, como esos chicos que nacen para ser reyes.
Eso fue lo que Jorge Luis Borges dijo cuando el rey de España, Juan Carlos I, puso en sus manos el Premio Cervantes, el más importante de las letras hispanoamericanas.
Fue la mañana del 21 de enero de 1980, en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares.
Borges dijo entonces que le conmovía recibir el premio de manos de un rey: “Un rey, como un poeta, recibe un destino, acepta un destino y cumple un destino, y no lo busca; se trata de algo fatal, hermosamente fatal ”.
Estas líneas desordenadas tratarán de trazar la semblanza de un hombre inabarcable .
Aquel Premio Cervantes que Juan Carlos I puso en las manos ciegas de Borges fue visto entonces como un sucedáneo del Nobel que la Academia Sueca jamás le concedió: no lo era, ni por lejos.
Era el reconocimiento de la lengua de Cervantes hacia un hombre que revolucionó la literatura de América Latina, que extendió la gracia de su genio a Inglaterra, Francia, Italia y Estados Unidos; que acercó el mundo de la fantasía y la metafísica a través de cuentos asombrosos y de una poesía vasta y entrañable.
Por otro lado, no es a Borges a quien le faltó el Nobel; es el Premio Nobel al que le faltó Borges .
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Era una casa que pertenecía a los Acevedo, la familia de su madre Leonor.
Pero pocos años después, su padre, Jorge Guillermo, compró un terreno en Palermo, que era entonces tierra orillera, de orillas terrestres, no fluviales, en la calle Serrano 2135, junto a la casa de su madre, Frances Ann, “Fanny” Haslam, la abuela inglesa de Borges, que se hará cargo de parte de su educación y con quien Borges estableció un fuerte lazo afectivo .
Palermo entonces fue su patria chica; los dos, la casa natal y el barrio en el que merodeaban todavía los malevos a los que Borges ubicaría en una secta del cuchillo y del coraje, rondarían sus poemas, su visión de la ciudad en la que “mis pasos tejen su incalculable laberinto”.
Jorge Luis casi no es Luis.
Decidieron que sería Jorge Francisco Isidoro Luis, pero dos días después de nacer lo anotaron en el Registro Civil sin el Luis planeado.
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