Por qué nunca deberías mezclar lejía con agua caliente para limpiar: el error común que anula su efecto desinfectante y crea gases tóxicos
Mezclar lejía con agua caliente para limpiar es uno de los errores más extendidos en el hogar y, a la vez, uno de los más peligrosos: el calor descompone el hipoclorito sódico , el principio activo del producto, lo que anula su capacidad desinfectante y, al mismo tiempo, provoca la liberación de vapores tóxicos de cloro.
El mecanismo detrás de este error tiene una explicación química precisa.
El hipoclorito sódico —compuesto activo de la lejía doméstica— es una molécula inestable que se descompone con facilidad ante el calor y la luz.
Según las guías de desinfección de la Universidad de Toronto y la Universidad de Texas en Arlington, “el agua caliente descompone el principio activo de la lejía y la vuelve ineficaz”.
El umbral a partir del cual la degradación se vuelve significativa se sitúa en torno a los 30 °C: por encima de esa temperatura, el cloro libre comienza a escapar de la solución en forma gaseosa , con lo que la concentración desinfectante cae de manera drástica.
La farmacéutica y divulgadora científica Gemma del Caño lo explicó en Maldita Ciencia con precisión: “La lejía se evapora y no podemos garantizar la concentración.
Hay que preparar la lejía diariamente y en agua fría en las proporciones adecuadas.
Esta es la única alternativa”.
La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) coincide con esa posición en su guía de limpieza y desinfección del hogar: “Si empleas agua caliente, se evapora el cloro y ya no desinfecta”.
La advertencia proviene también de organismos sanitarios internacionales como los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) y la Agencia para Sustancias Tóxicas y el Registro de Enfermedades (ATSDR), así como de expertos en salud y seguridad alimentaria.
El doble peligro: ineficacia y toxicidad El problema no se limita a la pérdida de eficacia.
Cuando el hipoclorito sódico se calienta, la descomposición química genera gas cloro (Cl₂), un compuesto tóxico, corrosivo e irritante.
Según la ATSDR, el cloro gaseoso es “altamente corrosivo cuando entra en contacto con tejidos húmedos como los ojos, la piel y el tracto respiratorio superior”.
La exposición a concentraciones de entre 1 y 3 partes por millón (ppm) ya provoca irritación nasal; entre 5 y 15 ppm, irritación de garganta; y a partir de 30 ppm, dolor torácico, vómitos y alteraciones respiratorias.
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