Anthony Bourdain: de comer empanadas en El Cuartito a la verdad detrás de su trágico final
Cuando la noticia sobre el fallecimiento de Anthony Bourdain golpeó las redacciones de todo el mundo durante la mañana del 8 de junio de 2018, la reacción inicial fue de una incredulidad total.
Era una de esas muertes que rompían el sentido común: el hombre que parecía haber descifrado el código secreto de la felicidad, había sido encontrado sin vida en la habitación de un hotel de lujo en Kaysersberg (Francia) mientras filmaba un nuevo episodio de uno de sus tantos exitosos programas.
Para el inconsciente colectivo, Bourdain reprenstaba la máxima fantasía contemporánea: viajar por los rincones más exóticos del mundo, probar sabores extraordinarios, conversar con la gente local y, encima, cobrar por ello.
Tenía el trabajo perfecto.
Y sin embargo, la decisión de quitarse la vida obligó a su enorme legión de seguidores a enfrentarse a una verdad incómoda: el éxito no es un chaleco antibalas contra el dolor.
Con su icónica campera de cuero, el cabello gris despeinado, una actitud de estrella de rock veterana y una prosa afiladísima, el neoyorquino había transformado para siempre la manera en que consumíamos la gastronomía en la pantalla.
Antes de él, la cocina en televisión era un asunto de chefs de chaqueta blanca inmaculada, enseñando a batir salsas en estudios de grabación asépticos.
Bourdain dinamitó esa solemnidad.
No le importaban las estrellas Michelin, los manteles de hilo ni los formalismos aburridos.
Su revolución pasaba por sentarse en un banquito de plástico en la vereda para sorber una sopa de fideos en Vietnam, o comer empanadas de pie, con las manos manchadas de grasa, en la histórica pizzería El Cuartito del centro porteño .
Él era el hombre que había logrado hackear el sistema, invitándonos en cada episodio a perder el miedo, a cruzar las fronteras de nuestros propios prejuicios y, en definitiva, a animarnos a vivir con los sentidos alerta.
Pero detrás del carisma magnético, de esa sonrisa única y de la verborragia cínica, se escondía un recorrido que estaba muy lejos de ser el cuento de hadas que la televisión a veces sugería.
Su orfandad emocional y las grietas de su psique comenzaron a gestarse mucho antes de que las cámaras lo apuntaran, en una época en la que la gastronomía no tenía nada de glamoroso.
Esa disonancia entre la figura imbatible de la pantalla y el alma rota que deambulaba en soledad cuando el director gritaba “corte” dejó al público huérfano de respuestas.
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