River encuentra en Almada y Correa una sociedad para recuperar la estima futbolística
Y después de largo tiempo, el Monumental una noche dejó de ser tierra de pesimismo y ofuscación.
Cambió la pálida de las derrotas por una victoria que era un insumo tan necesario como el aire para respirar.
Se volvió a gritar goles en un ambiente en el que solo se proferían insultos.
Los brazos que en partidos recientes se alzaban para señalar a futbolistas cuestionados, ahora se levantaban como símbolo de euforia y, sobre todo, de alivio.
La situación era poco menos que insostenible.
Tras la derrota frente a Tigre, Coudet se puso plazos cortos, reconoció que el fusible más inmediato iba a ser él si no se cortaba la hemorragia de derrotas.
Después de una sonrojante eliminación en la Copa Argentina ante Aldosivi y de cuatro caídas en fila en el Clausura, llegó la primera victoria.
Y también los primeros goles.
Parece increíble que River no lo lograra antes, que demorara tanto en arrancar, en demostrar algo y sembrar alguna ilusión.
Hizo falta que por primera vez se juntaran Thiago Almada y Ángel Correa , las dos contrataciones más estelares.
Dos individualidades a los que no les quema la pelota, quizá el peor mal que aquejaba al equipo.
Correa participó en el primer gol y le cometieron el penal que convirtió.
Puntos altos de una individualidad que ofensivamente se puso el equipo al hombro durante varios pasajes.
Almada también intervino en el 1-0 de Montiel y su desparpajo es una bendición para un equipo que viene atenazado por los nervios y las urgencias.
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