Constantemente buscábamos razones para separarnos
Y fue entonces cuando me reí en "Mi gran boda griega"; esa fue la excusa.
Chris y yo llevábamos cuatro meses juntos cuando me dejó por reírme en "Mi gran boda griega".
Chris es italiano, no griego, pero creía que la película era ridícula y estaba plagada de estereotipos.
Así que se sentó con una carota a mi lado en el cine del East Village y cada vez que me reía, podía ver su mirada de desdén con mi visión periférica.
Para cuando el público, incluyéndome a mí, estalló en carcajadas en la escena en la que los papás del novio estaban sentados en el sofá de la familia griega cubierto con plástico protector chillón, Chris ya había acabado de estar en la película y conmigo.
Me dejó en visto, incluso antes de que eso se pusiera de moda.
Siendo justo, me sorprendió que hubiéramos durado siquiera cuatro meses, considerando que nuestra relación comenzó cuando él me dijo que no íbamos a llegar más lejos que una noche.
Nos conocimos en el primer Año Nuevo después de aquel 11 de septiembre en una fiesta en un loft en Tribeca llena de hombres gay.
Yo llevaba una camisa de botones roja y blanca con estampado de amebas que gritaba: "¡Voltéame a ver!".
Chris estaba de pie cerca de una de las grandes ventanas que ofrecía una vista del horizonte de la ciudad, ajustándose de vez en cuando un suéter negro lo suficiente como para revelar la parte inferior de sus abdominales marcados.
Tenía una mandíbula cuadrada, piel suave y cabello negro que me recordaba a Christopher Reeve.
Lo miré fijamente con una mirada que también decía: "¡Voltéame a ver!".
Funcionó.
Nos encontramos en el centro de la sala y nos dimos nuestro primer beso a los pocos minutos de presentarnos.
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