Un aforismo para Juana de Ibarbourou, la poeta que hizo de la vida, el amor y la sinceridad el centro de su obra
Corría el año 1915.
Se estaba desarrollando la Primera Guerra Mundial.
En Montevideo, Uruguay, una joven señora llamada Juana Fernández Morales estaba preocupada.
Su hijito, de solo tres años, tenía mucha fiebre.
Decidió llamar al médico de la familia.
Este recetó un medicamento y tranquilizó a la señora.
El médico era también escritor y, además, director de uno de los más importantes diarios del Uruguay.
Ante un llamado telefónico, la señora Fernández Morales sale por un minuto de la habitación.
Mientras el médico espera que regrese, su vista se posa sobre una mesita de luz, donde ve un poema escrito con una hermosa letra cursiva.
Regresa la señora y el médico le dice: —¡Qué hermoso poema! ¿Quién es el autor? Me gustaría publicarlo en mi diario.
La mujer responde con timidez: —A mí no me parece tan hermoso, doctor. —Discúlpeme, señora.
Yo lo encuentro bellísimo.
Y repite: —Dígame, ¿quién es el autor? Homenaje a Juana de América. (Fotografía cedida por el departamento de Fotografía del Parlamento de Uruguay) El rubor en las mejillas de la señora Fernández Morales delata a la verdadera autora. —¿Lo escribió usted? —Sí, doctor.
Lo escribí yo.
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