Martín Scelzo con LA NACION: su mirada del scrum, lo que extraña de jugar y por qué no le gusta el rugby actual
El rugby lo apasiona tanto como la cocina.
Era frecuente su presencia en la parrilla para los asados de los Pumas, una tradición que continúa en cada semana previa a un test match.
Cuando el cuerpo le dijo basta, colgó los botines y abrió su restaurante El Gaucho, en Clermont-Ferrand, la ciudad que lo cobijó durante siete temporadas en su carrera profesional.
“A veces es cansador, me lleva mucho tiempo psicológica y físicamente.
Pero me gusta.
Sigo discutiendo de rugby con la gente.
Clermont es una ciudad de rugby”, cuenta Martín Scelzo , en un mano a mano con LA NACION .
La charla de más de una hora se da en un café en San Telmo.
El hombre de 50 años conserva la barba tupida de su última etapa como jugador.
La estampa fornida es la de un exjugador de infinitas batallas.
Ya pasaron 14 temporadas desde su retiro.
Hace una larga pausa y reflexiona ante la pregunta sobre lo que más añora de su etapa de jugador.
“Extraño los dolores, el ritmo de los entrenamientos… pero lo que más me hace falta es la adrenalina del vestuario.
El momento previo a salir a la cancha, los olores, los ruidos, el pasillo antes de entrar a un estadio, ya sea en los Pumas, en Hindú o en Banco Hipotecario.
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