La princesa Astrid de Noruega dejaba a su hijo pequeño en el garaje del castillo para cumplir con sus actos oficiales hasta que intervinieron los servicios sociales
La conciliación entre la vida familiar y las obligaciones institucionales ha sido históricamente uno de los grandes retos de las Casas Reales europeas.
Un dilema que afectó de lleno a la princesa Astrid de Noruega, cuya faceta personal ha vuelto al primer plano mediático a raíz de las recientes informaciones difundidas por el medio Dana Press .
La publicación saca a la luz los desconocidos malabares que la hermana del rey Harald V tuvo que realizar en los años sesenta para sacar adelante a su numerosa familia sin descuidar sus compromisos con la Corona.
Para entender la magnitud de su situación, hay que remontarse a su juventud, cuando, tras el temprano fallecimiento de la princesa heredera Marta, Astrid tuvo que asumir con solo 22 años el papel de “Primera Dama” junto a su padre, el rey Olav V.
Tras su matrimonio en 1961 con el marinero Johan Martin Ferner , con quien tuvo cinco hijos, Cathrine, Benedikte, Alexander, Elisabeth y Carl-Christian, la princesa vio cómo su agenda pública chocaba de frente con las demandas del hogar.
A pesar de perder el tratamiento de Alteza Real y la asignación económica tras su enlace, mantuvo una férrea lealtad a la institución y continuó acudiendo a numerosos actos oficiales.
Sin embargo, el cuidado cotidiano de cinco niños pequeños no siempre resultaba sencillo de gestionar.
Tal y como ha revelado el experto en realeza Per Gunnar Sværen en el podcast Nettavisen , recogido por Dana Press , la disponibilidad de niñeras y personal de apoyo no siempre cubría todas las necesidades de la princesa.
Ante la falta de alternativas en momentos puntuales de agenda institucional, la hija del monarca no tuvo más remedio que recurrir a improvisadas soluciones que hoy resultan del todo sorprendentes para la realeza.
El garaje como guardería oficial El principal problema surgió con su hijo menor, Carl-Christian , durante la década de 1960.
Al no conseguir una plaza en la guardería para el pequeño, la princesa Astrid se vio acorralada cada vez que le surgía un compromiso oficial e ineludible.
Sin personal de custodia disponible en ese instante, la solución de la aristócrata pasaba por llevarse al niño al propio Palacio Real y dejarlo al cuidado de los chóferes y mecánicos en la zona del garaje del recinto mientras ella atendía sus funciones de representación.
Así dejó al pequeño de los cinco durante algunas jornadas hasta que ella podía regresar.
El aviso de los servicios sociales Aquella estampa de un miembro de la familia real criado temporalmente entre motores e instalaciones mecánicas no tardó en llamar la atención .
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