El monarca que amó la ciencia tanto como la corona
OSLO.- Entre el Parlamento y el Palacio Real en esta ciudad hay 800 metros, unidos por la calle Karl Johans, todavía empedrada y con rastros de la bosta de los caballos de la Rytterkorpset, como se llama la policía montada.
Por allí caminaron miles de noruegos, impasibles en su tristeza, con velas y ramos de flores en las manos, durante las horas y los días siguientes a la muerte del rey Harald V , para depositarlas a las puertas del palacio.
A muchos incluso se los veía con dificultades para moverse, o de edades avanzadas; lloraban ante la pérdida, el pasado 28 de agosto, de quien fuera el monarca de más edad que haya reinado este país de menos de seis millones de habitantes.
“De algún modo, Harald logró simbolizar a Noruega, en sus discursos y con sus actos ; el heredero, Haakon VIII, tendrá un duro trabajo”, sintetizó aquí una antropóloga, no particularmente monárquica -la ciencia suele llamar a descreer de lo sagrado-, pero también conmovida por el fenómeno de toda una nación llorando a su líder.
Desde su ascenso al trono, en 1991, Harald se puso al hombro el país en momentos difíciles, como durante las matanzas de 2011 del neonazi Anders Breivik, que detonó un coche bomba en Oslo y entró a los tiros en una playa, matando en total a 77 personas, o durante la crisis por los cierres y el confinamiento del Covid.
Sin embargo, quizá su discurso más citado y recordado estos días fue aquel en que señaló que los noruegos “provenían de Afganistán, Pakistán y Polonia, de Suecia, Somalia y Siria, creían en Dios, en Alá, en el Universo y en nada, y son chicas que aman otras chicas, chicos que aman a otros chicos, y chicas y chicos que se aman entre sí”, en un inédito llamado al multiculturalismo en un país donde aún los niños que nacen tienen la nacionalidad de sus padres.
“Noruega sos vos, Noruega somos todos”, concluyó aquella tarde.
Harald no era un joven intrépido cuando brindó ese discurso en el mismo parque del Palacio que ahora lo llora: tenía 79 años en ese 2016 (las crónicas de la época destacaban que el discurso se había vuelto rápidamente viral en Facebook).
Además, fue un rey particularmente interesado por la ciencia, que conoció íntimamente la Academia Noruega de Ciencias y Letras -un edificio tradicional de 1887 en la zona de embajadas- donde iba desde niño.
Con el tiempo se convirtió en presidente honorario de la Academia y participaba frecuentemente de las reuniones y casi cada evento científico nacional e internacional ; lo recuerdan infatigable y curioso.
Impulsó que los académicos fueran consultados en las decisiones del gobierno, así como en otros asuntos parlamentarios, y apoyó desde el inicio de la idea de los premios Kavli, una suerte de Nobel noruego en disciplinas más modernas como la neurociencia, la nanociencia y la astrofísica.
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