La aplicación estricta de la ley penal, según Francisco
El gran Le Corbusier decía que el diseño de una casa debe tener orden, luz, geometría y contacto con la naturaleza.
Partimos de considerar que, en los lugares de detención, los habitantes pueden ser más difíciles o conflictivos que los de una casa de familia, pero son merecedores de igual dignidad. ¿Cómo no partir, entonces, de esos cuatro puntos, junto con la seguridad, cuando se proyecta un instituto penal de menores? Y, como accesorio de la seguridad, la puerta.
“El espacio, la luz y el orden son cosas que los hombres necesitan tanto como el pan”, decía el mayor arquitecto francés del siglo XX.
Como vamos a desarrollar nuestro pensamiento sobre esos pilares, adaptándolos al diseño de los penales de menores —del cual hoy tanto se debate entre nosotros— y por el escaso tiempo y espacio de que disponemos en una nota como esta, nos limitaremos a hablar de la puerta, a la que simbólicamente el santo padre Francisco consideró “santa” y, por eso mismo, trascendental.
La puerta de los institutos de menores también será santa ¿La puerta de un instituto penal de menores es la puerta de una casa? ¿Acaso no se afirma que “todo espacio realmente habitado lleva como esencia la noción de casa”? ¿No hay un cosmos? Este cronista ha visto y sentido muchas puertas de institutos y penales.
Es el cosmos del infierno, se ha dicho.
La mirada del joven que vuelve a atravesar esa puerta, que tiene vedado abrir y cerrar.
Solo está facultado para hacerlo un guardia, que al mismo tiempo le ordena: “¡Pase!”, cuando no lo “mete” con un empujón, hacia adentro o hacia “afuera”, con las muñecas sujetas a aros de acero. ¿Será siempre necesario? Si se trata de un delincuente por un delito menor o “primario”, habrá muchos recuerdos y muchas experiencias negativas.
Si es reincidente y fue sometido, agraviado y ultrajado durante mucho tiempo, después de haber sido arrancado de su casa y “depositado” en este espacio donde no hay lugar para los sueños, donde el estar es un “estar mal” asociado al “estar siendo malo” desde la mañana hasta la noche, es lanzado de la puerta hacia adentro, donde reina la hostilidad de los otros: guardias e internos.
Quedan fuera de sí mismo quienes son de suyo, lo suyo, y él, confundido por las faltas, aturdido por los gritos de quienes sufren privaciones, asfixiado por los reproches, entregado a la estúpida evasión del paco y excluido, se hizo socio del mal cuando esta puerta de ingreso a la rehabilitación le dijo: “Esta es la puerta del demonio”.
Hasta que el papa Francisco, al contradecir a muchos portadores del uso discriminado de la fuerza, dijo: “Esta será la puerta de la esperanza” y declaró “Puerta Santa” a la de todas las prisiones, al sacralizar de modo personal la de una de las cárceles de Rebibbia, Roma, en la Navidad de 2024.
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