No olvide su décimo
Cuando toca a su fin el veraneo, y reivindico la palabra antañona para el eterno retorno a la segunda residencia contra el destino episódico de unas simples «vacaciones», recobra vigencia la expresión «recoger la casa», en la que se encierra unas ganas irrefrenables de, en efecto, meter en la maleta las piedras y los recuerdos indisolublemente asociados a ella para llevarlos de vuelta al hogar.
Da igual que sea un piso en el litoral vecino que un caserío en la España vaciada, porque el afán es vano.
Al desempaquetar, el equipaje sólo contiene ropa y tiradas por el coche se esparcen un puñado de delicatessen, adquiridas en un acto de desesperación, que apenas si ponen un parche a la nostalgia.Todo ha quedado atrás, sin remedio, pero no dentro de los armarios rociados con productos antipolillas: los olores, las risas, las rutinas mimadas de un año para otro devenidas en pequeñas tradiciones familiares, los pequeños accidentes (un pinchazo con el anzuelo, una caída de la bici, un palazo en el frontón…), un sinfín de detalles yacen en algún lugar de la memoria junto a personas que fueron importantísimas y otras que no tanto, pero que ahora comparten condición espectral: se mezclan las fechas de defunciones de un finado del siglo pasado con alguien a cuyo funeral asistimos justo antes de la pandemia.
Total, lo mismo el uno como el otro tienen «un pino en cada ojo».
Cuando en la memoria se amontonan más cadáveres que gente coleando, el tiempo empieza a parecerse a una pelota desinflada.Así que recogimos la casa –las casas, en realidad– el lunes para estar en Sevilla el martes y envío estas torpes letras el viernes desde algún punto cercano al desierto de Los Monegros, sin saber aún si el apaño que un mecánico de origen portugués le ha hecho a la furgoneta bastará para ponernos en disposición de comprar este ABC dominical en el quiosco de La Alfalfa antes de que a las 2 eche la persiana.
A lo peor, Vanderdecken de secano, estamos condenados a vagar toda la eternidad sin tocar puerto.
Viajamos en asientos cómodos, con buena música y mejor humor, así que tampoco hay drama.Toda empresa humana está empedrada de obstáculos e imponderables, como bien saben los contratistas del millar de obras con las que el alcalde nos ha amargado este verano preelectoral.
La psicología considera que el síndrome posvacacional se desencadena por la añoranza del ocio, pero uno lo definiría más bien como una melancolía preventiva ante las mismas calles eternamente cortadas o por los mismos cerros de basura en permanente espera de un operario de Lipasam… que hará su trabajo cuando el estrés térmico lo permita.
Otra opción más ilusionante sería encontrarse en septiembre con unas administraciones eficiente, calvinista con el dinero público y al servicio del ciudadano.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.abc.es — el contenido pertenece a ABC.