La rentable industria del miedo
Hay miedos universales, como el temor a la muerte que todos compartimos.
Miedos infundidos por las religiones monoteístas sobre el infierno que espera a sus fieles si no cumplen con sus preceptos, y a los infieles por no abrazar el credo verdadero.
Miedos (que los hombres no terminan de interiorizar) como el de las mujeres a andar de noche por calles solitarias, o el de las víctimas de violencia de género, que requieren una respuesta social, política y jurídica que hoy les niega la ultraderecha en muchos países, empezando por las comunidades autónomas españolas en las que gobierna el Partido Popular con Vox.
El miedo a envejecer resulta muy rentable con los datos disponibles a día de hoy: el volumen de negocio global de los productos y tratamientos antiedad se sitúa en torno a los 80.000 a 83.000 millones de dólares.
Las proyecciones estiman que alcanzará entre 135.000 y 150.000 millones de dólares hacia la próxima década, según Reference Research.
La industria farmacéutica invierte más en investigar soluciones estéticas que en remedios para enfermedades mentales degenerativas.
Una sociedad asustada es más manipulable e influenciable por la desinformación y los bulos que una comunidad valiente y crítica.
Por eso, en la actualidad, la internacional ultra o reaccionaria alimenta todo tipo de miedos: a la inmigración, a las vacunas, a quedarnos sin petróleo, a que te ocupen la casa cuando bajas a por el pan, a los que piensan diferente... para imponer sus agendas involucionistas, armamentistas e integristas.
El dinero con el que el trumpismo riega a los partidos ultra y sus organizaciones satélite en los cinco continentes tiene ahora la vía directa del Departamento de Estado de Estados Unidos, que ha abierto una convocatoria de subvenciones para organizaciones extranjeras como Hazte Oir o la Asociación de Abogados Cristianos, en España, que promueven estrategias negacionistas de derechos humanos o supremacistas en sus respectivos países.
Los miedos inducidos por delincuentes como Putin, Netanyahu y Trump que siembran el caos de manera sistemática, se amplifican por los medios de comunicación, las redes y plataformas que fomentan un individualismo feroz rompedor de cualquier tejido social o comunitario.
El miedo a los logros profesionales y personales de las mujeres es el otro gran vector que alimenta el machismo entre los jóvenes.
Las industrias culturales, como la cinematográfica, también contribuyen a la ansiedad colectiva con su apuesta por las series y películas de terror y de crímenes, los géneros de más audiencia en todas las franjas de edad.
Como escribió Eduardo Galeano en Patas arriba: La escuela del mundo al revés (1998) "el miedo es la materia prima de las prósperas industrias de la seguridad privada y del control social.
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